Mirando el mapa propuesto

Mirando el mapa propuesto - Cartas

Mirando el mapa propuesto

Los signos, de una realidad desapasionada

Una mirada que dice. No creas ni en el entusiasmo

Ni en la seriedad que requiere la belleza. Esto se ha aclarado.

Pero en ningún lugar yo encuentro al conde Lautreamont,

Si encuentro persistencias a las que él, desechaba,

Cuantos muertos en el medio, cuantas equivocaciones.

Cuantos deseos que se parapetan y hacen de estas desilusiones

Un lugar, que se supone tomado al enemigo. Y que casi siempre

No es más que lugar, paisaje donde podés tomar

Un vermú, te comprarán un cuadro, te llamarán en el mismo momento

Que podés hablar de la poesía de una forma que no sea, descalificado

Del gobierno que como un premio Ginnes, se desliza en lo que siempre

Quiso.Y además te tenés que bancar a los parientes, que si no te aconsejan

Te aceptan en cuanto el discurso, que debe destruir la lógica del amo,

Los más avanzados en esta instancia, tienen miedo. Quizá no puedan

Pensar la desilusión, de un pensamiento que como imagen

Necesita música de fondo, o galerías, donde se acepte la transgresión

Es decir, que tenga características de finado. En esa instancia

Los indios yaqui. Que creo no tachaban sus impulsos. Quién tacha un paisaje?

Poblado. Lugar de la vida, donde mis parientes prefieren las celebraciones

O el silencio. No el mismo silencio de los que son dueños del paisaje

Y no les importa la mayor degradación. Que no entra en ninguna

Perfección, mirada sublime de quienes lo representan. Si supieran estos boludos

Lo que me costó encontrar la chicha no fermentada y los huesos expuestos

En las afueras de Lima, que nadie pide que sean inhumados. El turista.

El poeta, puede recorrerlos. Se encontrará con un espejo, con la brutalidad

Que la perfección no puede contener. La superficie de muchos metros.

Regocijo para vendedores de esqueletos, podrían fuera de tiempo y espacio,

Conseguir bicocas, espejos que en cuanto superficie, paisaje, permanecen

Presentes o en ausencia. El tiempo cambia y los pobladores están alertas.

Aunque se desarrolla en el silencio, no hay pausas, lugar reconocido

Por la cultura. Encontrarás a un mismo tipo, un mismo hueso, todo el tiempo

Que puedas consignar. Pero en un momento. El despliegue ya no es el mismo.

Nunca será el mismo, aunque todo se produce en silencio y sin pausas.

La pausa te la tenés que ganar y pertenece a tu necesidad de rehacerte.

No lo creas. A no ser que quieras hacerte cargo de los muertos y de la belleza

Que configura al paisaje como un organismo vivo que expone sus muertos.

Cartas

Bellas cosas señeras

Bellas cosas señeras: la noble cabeza de O’Leary

Bellas cosas señeras: la noble cabeza de O’Leary

Mi padre, en escenario de Abbey, ante una multitud furiosa:

"Esta nación de santos" y luego cuando los aplausos se extinguían:

"De santos de escayola"; echada hacia atrás la bella cabeza maliciosa.

Standish O’Grady buscando apoyo entre las mesas

Y diciéndole a un auditorio borracho palabras de eminente insensatez;

Augusta Gregory sentada en su gran mesa de ormulu

Cuando se acerca su octogésimo invierno: "Ayer me amenazo de muerte.

Le dije que todas las tardes de seis a siete me sentaba en esta mesa,

Con las persianas subidas"; Maud Gonne esperando un tren en la estación de Howth,

Palas Atenea en la espalda erecta, en la cabeza arrogante:

Todos los Olímpicos; algo que jamás volverá a repetirse.

(Yeats.)

1

Quien habla de la belleza ahora, quien tiene huevos y paciencia para no extralimitar una

Forma? Quien frotará ahora las palabras. Si no hay palabras es necesario inventarlas dentro del segmento fabuloso, el segmento pigmentado del cerebro que guarda sus colores, las imágenes como una viuda roja. Una viuda que se ensimisma en sus dulces, sus verduras olorosas, su piel diluida hasta la miel. Quien estará pensando que no hay lugar para tanta mierda, que los degolladores siempre están dispuestos a usar su infantil servidumbre de ser útiles, en cuanto nos descuidamos nos devoran, nos transforman en una ínfima parte. Estamos descalificados por todo lo que presupone nuestra cultura, una sustentación de males, de costumbres pulcras, de agrandadas magnificencias en nuestras relaciones fantásticas, es en ella que pagamos impotencia a cambio de otras impotencias: la falta de realidad nos come. Un hombre del Chaco para nosotros es un ser desmedido de lo que en realidad es. Su día verdadero empieza y termina con otros problemas, con dificultades distintas a las nuestras. Para entendernos, para ser ese chaqueño necesitaríamos violar mansalva nuestras fantasías romper con la familiaridad de nuestras costumbres, no aceptar más este sistema de interpretaciones, nuestra forma logarítmica de entender los objetos y las personas que no nos responden en nuestra sordera. Un pez en nuestras manos no es sólo el Paraná, es otra cosa a la que estamos acostumbrados a ver en un pez. Si pensamos un poco más nos sorprenderíamos ante otra posibilidad. Esta posibilidad sería la vida misma, el pez-agua-comida y su paisaje, sus hombres, la leña-dura-fuego, es sólo un balbuceo, algo que no llega a ser inquietante, sin embargo sé que estoy al borde de una gran tensión, al borde de un gran interrogante que todavía no nos hemos propuesto como cambio: dejar nuestras costumbres, dejar que los objetos sean para poder verlos, poder hablar. Y esto no es un grito, es un alarido hacia abajo, hacia dentro, hacia nadie. La oscuridad total, la ceguera. La inútil respuesta que propone la conversación, para poder hablar. Fondo abajo hasta encontrar la no-muerte, la no-casualidad, la no-indiferencia.

2

El sol puede entrar o no, la claroscura ventana da a la calle. La ventana se funde más abajo en el corredor, el ruido de los chicos. El padre nuestro rezado en ingles, en castellano. Las reprimendas, los chicos ametrallados todos los días, todos los recreos. Tarzán volando al palo rojo. Las esquinas de horneador del pan blanco y un quemado saltando también en la calle, en otra vereda más ancha menos tocada por el vaivén de los automóviles. En realidad no era una calle, una cortada, un segmento de la calle Ercilla perdida desde siempre en la avenida. No cruzar la calle, el peligro estaba allí, la aventura era el baldío apotrerado con los montículos de tierra donde caíamos una y otra vez muertos, para volver a vivir, volver a tocarnos, caer unos encima de otros fingiendo luchar, excitados por el roce de nuestros cuerpos y después fumar la zarzaparrilla, sentarnos en ronda, medir nuestro sexo o entrar por la pared medianera en la casa de doña Dominga. Entrar hasta el fondo, hasta el horno de barro, quitarle porque sí la leña, hacerla llorar de rabia a la tana que grita detrás del cerco con una vara en la mano amenazándonos y atormentando con todo el odio, con todas las maldiciones en dialecto que tiene a mano, que le brotan como la sangre misma. Y después la retirada, irse pateando unos a otros callados y satisfechos reencontrados en el odio que nos venía de afuera, en el cimbrón admonitorio de la vara. Sentarse en el umbral o entrar en la casa, quedarse sólo ahora sí despellejado y aburrido y sentir la voz una vez más, la voz que nos pide-ordena-llama que entremos y entonces el mate cocido, la cabeza metida en la taza enorme. Sólo los ojos hacia arriba, sólo los ojos para ver la fotografía de la vida. Una parte con su propio sudor, su propia medida. Quedarse en el patio, recibir el sol que venía con las siestas, entretenerse con los gusanos, quitarle las patas a las hormigas o recorrer una a una el rito de todas las plantas, descascarar la cal del ciruelo, apoyar porque no se puede más la cabeza y abrazar el tronco. El ciruelo de los días de la puerta a doble llave, todo era entonces entroncar el sueño del pirata, quedarse al borde de la planta y sentir arder los distintos verdes, los distintos olores efervescentes de una tarde cualquiera signada por la memoria. Después subir las escaleras de espaldas o hacia delante, conociendo todos los retazos de baldosas, unos al lado de otros para conformar un escalón. Todo estaba tocado por la misma pobreza por el misma desconocimiento que te haría exaltar una buena cama, un buen olor, una buena comida. Cuantas veces tocaste el borde rugoso, frotaste la mano hasta hacerla sangrar y saber que la pregunta no te devolvía nada. Cuantas veces te quedaste al borde de la escalera después de pelear, después de haberte revolcado con todos los fantasmas, con todas las historias que vos hacías vivir, Sandokan hiriéndote en medio del estomago; rodar hasta quedar con la espalda adherida a la baldosa fresca cerca del alambre y los ojos se detenían en la ropa colgada; estos fueron los argumentos de la liberación, estirar los brazos, dejar que el aire penetre, horade, sentir como el silencio te va invadiendo hasta los pies, tocarte el cuerpo, rodearte con la mano, frotarte las piernas y dejar que la tarde avance, que vaya destiñendo la baranda roja, la higuera de la casa vecina. Una mirada para el cielo atropellado y entender que los ruidos están allí debajo, que las voces tienen una forma incansable hasta ese momento no notado de recobrar una naturalidad, que los pequeños estallidos de una voz sobre otra se delimitan casi perfectamente; son una armonía robusta, que te requiere para que ella pueda seguir viviendo. La soga maestra que vos estabas esperando, la soga que te llegaba en el rito de matar y morir fantásticamente. Las fogatas de los distintos baldíos eran un coro con fondo de milonga con los humos de la basura quemada, el coro que se repetiría con otras despedidas y otros paisajes, sólo que los fantasmas ahora eran hombres y que vos también servías para que ellos recobren su soga. La punta de una olla hirviente que nos cocina.

3

Sobre todo no ser es escarbadientes del elefante, ser mejor el aerostato con conciencia de tal, transformarse en un globo azul, un globo plateado, una fuga incandescente hacia dentro, tener capacidad de transformación. Dar vueltas a la misma noria sin amor. Vivo como puedo, me envuelvo en mí, pego desde dentro todos los puñetazos que mis manos desatadas pueden despegar; caparazón sobre caparazón ahora soy una tortuga en el reino de las verduras hasta que las verduras se transforman en arena y estoy en el desierto cabalgando una mula sin interesarme por los oasis; en realidad lo que me interesa son los espejos. Dan una medida de nuestra desesperación fantástica. Y así hasta el resuello de que la muerte no es grave, que hemos salvado con nuestros amuletos y ritos el misterio de estar vivos lejos de los ordenes que establecemos, lejos de nuestras casas olorosas y silbadoras. Los grandes ciempiés cabalgando ciudades enteras, cada vez hacemos más por nuestra ruptura con la vida. Las trampas que nuestra conducta guarda, una de ellas es pensar que todo de pronto se va a solucionar: resolver nuestra insatisfacción, nuestra vida de deudos honorarios al infinito, entre una existencia no oficiosa, o aceptar o inventar intereses infaliblemente comunes. Guardamos muy adentro la posibilidad de nuestros deseos salvajes. Nuestra vida hecha de ritos sustanciales. Allí no hay pasaje no hay salida para nosotros a menos que aceptemos nuestra cotidianeidad y oficio con unción de la realidad que miramos de espaldas. Somos extraños de lo salvaje. El alimento se ha transformado en algo extraño.

4

Los fomentos dulces, las malvas, no sirven al niño que desde hace siglos no tiene su desayuno por la mañana. Esconde al cameraman que intenta fotografiar la vida ácida, su presente y interminable intemperie, que impensadamente provoca una mañana sobre otra mañana. El sol aplacándonos disuadiéndonos de que la nitroglicerina de las plantas nos da su orgullo, su piel suave. Su bendita carne sagrada. Pienso en el acto de tocar esa sangre, la carne emfranbuesada, la lucha del hueso salitroso por incorporar el consanguíneo no delictivo de la vida; aceptándose y matándose en el mismo momento. Como si no hubiese otra posibilidad ósea que aceptar la carne-vida hasta frotar con ellas las arrogancias, la púrpura exacta del intra-saca, aceptar el borbotón del tipo desangrándose en medio de la calle y usar el salto clarividente, su fuerza de soda desfondándose yéndose hacia un vacío de sepia y claroscuros de mercados a plena luz. Mercachifles de mercado, que otra cosa que vender o no vender. Limitarse en esa inútil fragmentación que no tiene que ver con el dolor pero que se siente como un dolor tubo. Un tubo siniestro y pulido. Kilos de ansiedad rebalsando las calles. Las calles más seguras, las casas más resueltas.

5

Y sé que me fui

Y sé que reencontrarme ahora o nunca en un salto que no acepta su capricho, un salto de espadachín golpeando con el puño, con la armadura, con el mate cosido de su mañana esgrimista. Salto donde algunos caen y son devorados ante su ceguera complacencia. Un salto bien realizado, con botas pantaneras para la mierda, con telas impermeables y desodorantes. El baño salvador y otra vez prepararme o no para el salto desbastador. El salto que no hemos utilizado es no saltar más detenernos y recién desfondar la inercia. Deshacerme de la muerte como de una mariposa. Clavarle un puñal por la espalda de frente y perfil. Agacharnos frente a la muerte, adorarla decirle que no podemos más que sea buena y juiciosa, benefactora ilustre de la vida, en una biblioteca con lomos dorados, en una edición de luxe. Bañarnos si es posible solos, sin falsas madrastras que nos acunan, nos llevan hasta el balcón violeta. Enredados en la lana, toda la pieza llena de lana, que tejen para nosotros. El sweater que nos enmaraña, que nos ata, que no nos deja llorar por toda la tristeza del mundo. Sin poder ver con otros ojos que no sean ojos de sweater. El manto sagrado que nos envuelve con cadenas y que no hace frío y que las cadenas son dulces, nos oponen sentimentales, nos llenan de angustia nos impermeabilizan. Vueltas con el forro dorado el forro de la primera vez que tuvimos frío y supimos como el diestro frente al toro manejando su muerte como sabiendo que va hacer frío, que siempre hará frío y que es imposible cantar a la rama rama del verde limón, sin saber que hace frío, que cantar no es sino evocar todo el silencio y el frío, que otra canción es hueso corroído, vértebra de dos, vértebra en cada cuerpo, vértebra tomándome de las astas yo dejando maniobrar, dejar imbuirme en toda la tensión que significa dejarme tirar, dejarme entrar hasta no ser más que una abertura, una abertura donde te cansarás, beberás todo con sal muera cristiana. Sal sobre los ojos para abrirlos, dejar de no ver, todo para ser sagrado y reluciente, ser caliente como el azufre, como el blanco agujero que nos ha dejado el azufre líquido en nuestros intestinos.

6

Rojo a la baranda, grito alguien alguna vez, ro-jo-a-la-ba-ran-da. Y no saber si era un croupier, o un salvaje que nos había descubierto y comprendimos que no sabíamos, que era posible que poseyéramos un fluido extraño, coordinadas de violencia. Que era posible que todo lo que tocamos o a su vez todo aquello que miramos se desdibujara o se violentara. Y decidimos escapar a caballo, en tanque oruga, guardarnos por un momento, ordenar la locura de ese orden. Tomarnos por los pies y sacudirnos; frotar nuestra sangre de inmigrados, vomitar nuestra ascendencia y descendencia. El tío blasfemaba, gritaba por todos los santos que somos pecadores, que el odio del cielo se transformaría en una montaña de lava y fuego, mientras bebía el vino que él suponía sagrado e higienizante, mientras me golpeaba la espalda de seis años diciendo que yo era el único depositario de toda la familia por ser único heredero; único macho de una raza segregada, de una familia abrupta y desinteresada. Ahora sé que es hacerce cargo, ahora se que todo el vino, las castañas asadas en ese rincón de la quinta estaban cargadas por algo más de lo que yo suponía una canción. Me hago cargo de tus muertos de los pesados y macilentos ladrillos horneados y cargados; me hago cargo de todas las dulces tardes quemándose a fuego lento por todo el odio, por toda la raza de muslos sangrientos que soñaba en un holocausto de piernas enormes y entrelazadas donde yo bebía el jugo de piel miel, sabiendo que ese era el infierno, el almíbar que me deslizaba sin ninguna revelación. Sabía mucho antes que ese deslizar no me pertenecía, que era el deslizar sin fin por el que yo había entrado a revivir otras vidas, otras muertes. El gusto rancio del huevo, semilla de huevo dentro de una licuadora que se zarandea, que muele todos sus dulces pecados. El tío sigue pegando en la espalda del niño innoble y revulsivo, metiendo la cabeza en una mañana convulsa y asoleada, haciéndole sentir su hedor de tabaco barato mordido, masticado en que orden?. Rebalsando los sueños con saliva agria, saliva de cristo enmudecido y abalanzado por el terror. El terror que te mueve, el terror que te hace sucumbir en silencio con una hija loca en el lugar más hondo del patio con los pies bamboleando cerca de la planta de helechos. Y vos ahora (como no) estarás reviviendo todas tus canciones montañesas, tocado vos también por todo el horror de tus paisajes de tierra molida. El horror que me revienta es tu horror desdentado. Quisiera que pongas toda tu cara extralimitada de loco. Pero hay algo que vos y yo no sabemos, algo que ya no me importa y es que la gente termina viviendo con todas esas cosas. Todas las vivencias siniestras familiares, terminan siendo el pan, la carne de todos los días. Reventarás seguro, inundado de toda la podredumbre, encenagado hasta el sombrero del día domingo, de tu día de pocero en día de fin de semana, sentado en la hamaca, con las mujeres serviciales y floreadas cerca del olor de la cocina penetrando tu metro noventa y pico, tu metro de padre sabelotodo, mirando el pozo, los maíces que siguen creciendo y vos cuidando que nadie pise, que nadie toque el sagrado amuleto de la tierra. Si esa tierra ahora roja, si esa tierra hondada y macerada por la locura, se diera vuelta y te tragara no sería otra cosa que una magnificación del humus que te has preparado. Llorare por vos, comprenderé tu traje negro, la suficiencia de tus buenos días. Tu palabra no vale sino tu sonido, el arco de tus ademanes vuela sin otra posibilidad que el vuelo al ras. No sos de esta tierra; tenes mujer e hijos, yo quisiera que me hables de tus coitos, de cómo te acostasteis con tu mujer, quiero que me hables de su carne de vivora remachando el colchón, del acto que significa perderse en una memoria sangrante y olivácea.

Por que llorar ahora y no torcerle el cuello al ganso de la foto reluciente: siempre con algo entre las manos. Para que yo pueda coger tranquilamente, colar al fin sin tu sombrero negro emergiendo en el patio cuadrado.

7

Sin enmudecer con la lámpara tempestad, con la tempestad vueltas y vueltas buscan do el ombligo salvador, el ombligo succionador del tendero de la esquina. Las relaciones que puede tener la poesía con el ombligo. Sin saber si estamos sueltos o si el ombligo del chofer tiene que ver con nuestros dos soles y ahora medio sol por una calle angosta. En medio de la calle un paragüero inútil. Alguien gritó ayer rápido (entre el tráfico, entre los coches que zumbaban al salir del túnel). Gritó rápido la palabra sin aparente sentido quedó flotando dentro del baúl cerrado. La palabra quedó limpia sin traqueteos, sin vueltas desproveídas de todo significado. La palabra estaba suelta, trascendente era verdadera: un lenguaje.

8

Se trata del ombligo de la poesía: desentrañar en la memoria del mundo los actos por los cuales se entra en un zapato, en la vida que ya tiene preparada para nosotros el margen de posibilidades. El margen que nos levantará, devolviéndonos sanos y salvos de peligro que guardan todas las calles. Su apariencia no salvaje su desbordante inmaculado verdor. Algún día (la selva que espera por nosotros) la venganza del verdor nos tragará y se tratará (ahora sí) de salir indemnes, acorazados por el pecho y la espalda de toda la marejada rugiente de las calles, su peligro vibrátil, su carne sangre esparcida por todas las veredas. Sus manchas de humedad, las señales inoperantes de los dedos, el olor a casa-cocina, las escaleras donde sólo el espacio es aventura. Somos sólidos, hemos aprendido a ser seguros, operantes, destructivos, eficientes. Nos cuidamos bien de ser como en realidad somos. Nos pertrechamos; somos artífices grandes joyeros industriales de la inacción. Detrás de las ventanas están los potenciales asesinos, las cegueras, los suicidios, las megalomanías, las apoteosis hepáticas, las neurosis cabalgantes (la buena familia, seccionando el pómulo, el muslo de la hija más hermosa) los aceptados martirios, nuestras flagelaciones y mordeduras. Estamos rabiosos desdentados, crucificados de salvación y gordura. Desentrañar entonces los ríos interiores, subterráneos de la memoria. Alguna vez deberemos aceptar todos los significados sin temer bloquearnos por la locura que viene de afuera y de adentro. Como justificar entonces la válvula histórica que es la sístole y la diástole de cuando se fundo el significado de vivir para pagar el crimen de haber nacido. Eva acercándole sin detenimiento la manzana a Adán. La imagen lenta que se repite en relantisseur. El crimen está en la memoria del mundo. El imposible se dará por ser el otro polo llamado posibilidad.

9

Hace tiempo que quería hablar con vos, sentarme y decirte todo lo que los dos no nos hemos dicho nunca; el sentimiento de que las separaciones que cada uno repartió para sí y para todos los otros fueron hechos que se fueron sucediendo sin memoria. Los jueces, las acusaciones a grito pelado, las exigencias fueron inventos que surgen de las separaciones; una vuelta más a la misma noria. Todo seguramente comenzó antes que la conciencia hubiese podido intervenir para salvar aquello que se había dado como un comienzo de solidaridad. Llegar a juntarnos fue un triunfo, la vida que queríamos estaba puesta ahí. Una casa, un balcón fue importante para mí: observar la ciudad fue algo nuevo, detenernos sobre los distintos humos, defendernos de la niebla acurrucándonos esperando la mañana, sabiendo que el otro iba a vivir un mismo día, y ese día de por sí era una pertenencia; saber que uno elude como puede el sentimiento de una última soledad. Claro que hemos esperado encontrarnos con la mañana después de los cigarrillos, el alcohol, las lecturas. Es difícil cuando uno esta cerca del otro, no puede dejar de reconocer los pozos oscuros donde nadie había penetrado. El conocimiento es dolor y el dolor es reconocimiento. Una mesa puesta, una mesa ínfima, donde cabía la comida, los libros, todos los abandonos, argonautas del medio día. Vos tenías obsesiones, la imagen de tu padre taladrando tu libertad, tus deseos. Esto de reiterar nos lleva a particularizar, no dejo de acordarme de tu padre y tu preocupación por relajar tu garganta; ha pasado el viaje por el mar que dura aún, las peripecias del mar son mías tuyas sus vaivenes. La mecánica del mar yendo y viniendo, sus tormentas, el viento que me doblaba la cara y soplaba buscando el nexo en el agua antes que todos se fuera; los deshechos que quedaron de ese verano y el sentimiento como conclusión de que lo que habíamos vivido era una locura. Pienso que vos también necesitas hablar, dejar que el bote que hundimos se reflote. Sin saber que hacer ahora, cada uno con un ancla en las manos y esperar como siempre los días de tirar la soga por la ventana a distintos patios; rojo cuadrado con las baldosas encimándose según las distintas luces. La ventana que daba al parque; el río que te inundaba o los techos bajos donde juramos tirar el sillón en que te sentabas y dejabas que la tarde se vaya diluyendo sin que nadie se animara a prender la luz y hacer un cambio allí donde una mano suelta iría a mover el interruptor sin otra memoria que cambiar a un sistema de claroscuros subiendo por el verde que se movía por los pibes que abajo tenían su batalla particular. Podíamos saber que vos y todos los que estabamos emparentados en ese tiempo habíamos corrido con otros nombres un mismo césped, identificados por los silencios y los movimientos; el desorden que iba tomando forma: saber que un mismo detenimiento no era el mismo en el patio de baldosas rojas y amarillas con poco espacio y una mesa enfrente la pileta y el resplandor que son hacia insoportable en las tardes de siesta; ese patio se particulariza el día posterior a la muerte del familiar que te cuesta nombrar aunque esa muerte me pertenece. Ni siquiera fueron los preparativos con la llegada del coche ambulancia y más tarde el furgón que se paró en el mismo lugar que unos meses antes se había encajado el camión de la lavandería; vino el carro que veías pasar todos los días y después de dejar probar a los otros que lo hicieron hasta con dos caballos, ató el suyo hasta que el camión se fue deslizando del zanjón. Esto se iría a transformar en imborrable, recuerdos que estaban totalmente desligados, sólo la casualidad hizo que aquello ocurriera en el mismo lugar y el carro daba lugar al furgón de la funeraria. Todo era correr y no había tiempo ni siquiera para estar, dejar de mirar y aceptar tragarse el nudo. Corristeis y eso te hizo sentir importante, era la primer responsabilidad; avisar a los vecinos del lugar y la hora. Esa noche ibas a quedarte solo o te acostarías con la Pruda que nos iba a cuidar; ella tenía mas años que vos, pero hacía tiempo que vos querías estar cerca de su cuerpo, sin saber que era un cuerpo cerca de otro. Te desconcertaba lo que te hacía sentir la Pruda, era el primer asomo de conciencia que te deslumbraba; un cuerpo de mujer te llevaba a la necesidad de mover las manos, quererla acariciar. Ella decidió no tenerte en cuenta y juntarse a los otros cuerpos como hubiera querido hacerlo. Vos me estuviste mirando el día que me acerqué, que me quede mirándola, empecinado en saber que hablaba, que comía, que le pasaba por el sudor; la piel pecosa, el sol entrando encima de la pollera acariciándole los muslos. Jugábamos con las rodillas, nos quedábamos en cuclillas mirando un mismo dibujo en la baldosa (la flor de lis, que adquiría toda la tensión en el azul oscuro con el fondo gris que nunca iríamos a saber el significado del dibujo) tampoco entendíamos el mate amargo en rueda con los flecos de las sillas bajas consustanciadas con las camisetas blancas flameando en las noches de verano, esperando el zumbar del paraíso y los aromo, escuchando las voces apagadas que de vez en cuando se juntaban para hacer notar la historia de ese día de verano esperando la fresca sin que nadie se permitiera totalmente el silencio. En mitad de la vereda comenzaban los pasos, los saltitos del pie fulgurando atando el patio en la vereda. Cada uno tenía su historia y yo tenía la mía secreta; escuchaba los ruidos de las otras piezas (a la misma hora todas las noches), mi sexualidad no me pertenecía, la compartía mi padre que era el hombre que se acercaba a la mujer que era mi madre, el agua entraba para cubrir toda la pieza, las nervaduras de la pared, la cabeza bajo la almohada tirando contra mi propio sueño, tapaba todos los ruidos cabeza abajo atado por los tobillos ahorcado por los tobillos, revoloteando con mi cabeza de águila en un páramo de tierra un mismo lugar que aparecía en todos los sueños que se va desde la silla baja fumando los laponia mentolados o los gavilán etiqueta blanca con un resto de barba del día anterior. Las manos quemadas por la cal hilando los ladrillos con la amargura que supone no saber nada, escudarse en el alcohol; el orgullo del vino situado en medio de la mesa rodeada por las quemazones de los puchos; rechupados hasta dormirse para olvidar, retorciéndose en si dejando de vez en cuando entrar una sola gota que quemaría más, que haría sentir la sed hasta amortiguar una sed con la otra hasta encontrar el ritmo de la balsa quedarse dormido y jadear mientras en la otra pieza sacudían los colchones. Mi propio secreto no alcanzaba a ser único, se mezclaba en la mirada quieta después que los otros dormían y entonces podía adivinar mientras el agua se deslizaba en la pieza; la cabeza emergía, los tobillos se soltaban, la mano todavía guardaba la rugosidad de la pared. El cansancio de los otros, los ronquidos, el olor de los cuerpos, mezclados a través de la cortina de madera iban juntándose hasta que mi propio cansancio me hacía sentir el misterio de estar despierto. El desconocimiento era lo que la noche invocaba; yo me entregaba a ella para ser otro por la mañana hasta sentir que mi padre era otro, que yo sabía que los otros también enhebraban sus historias de noche. Era difícil digerir la mañana, tenía sus olores e iba a predisponer un nuevo ánimo en todos. Sin entender porque el trabajo era una especie de negación en la que no se podía dejar de entrar. Nos disponíamos a recibir el sol todavía entorpecidos en las piletas mirándonos de soslayo, interponiendonos y resolviendo todo muy rápidamente; remolinos, gusto a huevo, las púas viejas, el óxido, las culebras rondando detrás de la espalda, el martillo golpeando los buenos, los muy buenos, la tenaza dando vueltas la canilla para que el vaso del agua del verano se deslice por la vertiente del río, desbrozándonos por un momento, descubriéndonos sanguíneos, despiertos, musicales; saltando una valla de cuatro metros y pico antes de la garrocha de acero; pasando por la selva de todos los cables sueltos en medio de la tormenta hasta llegar a un día de sol en medio de los ciento veinte grados hasta la fila de los jacarandas, mitad pieza, mitad plaza, mitad selva siszagueando entre las puertas el grito de la polaca, que todos los días le da una manija dorada al hombre medio barril, que enfurruña, haciéndonos volver la cabeza hasta la azotea, pegar un salto por sobre la taza humeante y sentir la voz que va delimitando, sin romper nunca el onduleo; código de una suavidad que no alcanza a terminar nunca en un do de pecho, tomado de la baranda, apoyando la cabeza; segregarse, dejar de hacer la música para cantar una única nota. Los placeres estaban en robar las plumas ilustres de las almohadas nevadas, robar los botones más altos, con menos diámetro escuchar el crujido de un huevo que nunca existió. La mañana era una realidad ilusoria; comenzábamos a inventar el mundo por las cosas que carecíamos y las que deseábamos. El sol entraba en nosotros, nos limpiaba, la ilusión era el miedo, la realidad, los álamos respetados por donde se iba la mirada, la forma de los árboles era realidad, íbamos de los grises a los ocres rojizos. Mi secreto era un conocimiento ostensible que los hombres adquirían en medio de las malas noches (las toneladas de vidrio molido puestas en palabras), los portazos dados a un pensamiento. Quedábamos descubiertos en medio de cualquier juego, recomensábamos un mismo sentimiento que no podíamos expresar pero que en esos momentos de vacío, descubríamos una punta verdadera que nos hendía en medio de cualquier entendimiento acostumbrado; Revitalizábamos todos los juegos, descendíamos muchas veces a nosotros mismos sobre todo en los días que la casa nos pertenecía y los lugares prohibidos eran los que recorríamos. Sin suponer que el patio dorado por el sol era el que cambiaba o que podíamos disponer del ciruelo, el galpón de los trastos; las ventanas abiertas para aparecer enmarcados en la sorpresa de sabernos responsables, libres y vueltos hacia fuera.

Comenzar por los botones, la falta de ojales en el pantalón sin ajustar, (las manos eran un ir y venir, nunca un gesto amplio y terminar apoteóticamente con el lenguaje: los pantalones se hubiesen ido al suelo). Se presentía el culo de Nadeo, en cualquier momento podía caer la cambrona y aparecer su ferocidad. Había que aguantarlo entonces, si uno decidía entrar en su maraña y la forma que tenía de burlarse de los otros, riéndose de sí mismo. Había que estar dispuesto a pelear con cuchillo desde antes con su padre y la forma de hacer sentir su poncho en el antebrazo inexistente. Otra parte, su tribu era una biografía que no conocíamos pero que Nadeo nos vomitaba todos los días, como si algo no entendiésemos. A cada uno nos quedaba su forma de elegir, de ser dueño del potrero; y esto se lo hacía sentir a cada uno particularmente en el lugar más débil. Su boca agrietada un tubo por donde iban y venían púas eléctricas, saliva, todo una lengua de postes y locomotoras.

Nos quedábamos quietos entre todas las voces. Había que aceptar que la selección de cada uno con respecto al grupo, también existía allí, cada uno en el otro estimaba su necesidad de fortaleza. Fueron días de prueba, días que irían a transformarse en años, hasta darse cuenta que la lucha no era otra cosa que el encubrimiento de la necesidad de ser que todos callábamos. Llevábamos el peso de los gritos en medio del patio, con la cabeza extralimitada del adulto que nos hería en medio de la armonía que nos pugnaba, gritando que lo trastornábamos (la voluptuosidad entonces me salvaba, el parentesco de trastornado con tornasol, me hacía viajar por una ambivalencia de dorados y ocres, las malvas etc. Los días del palito y la hormiga). Pero la cabeza-calabaza quedaba zumbando ante el grito pelado. Hubiese sido, entonces, una verdadera valentía aceptar ser débil revolcarse y aullar para reconocer los verdaderos límites, no ser como sabíamos desde siempre en la hondura que es difícil resolver un aerostato con una flecha en medio de los ojos.

Es la visualización de los esfuerzos por llegar con el dedo hasta el agujero de la columna, es la casa de las rejas altas cerradas por las que metíamos la cabeza, obcecándonos desde el momento que supimos que aquellas plantas eran olivos, es la manga de Pilín revoloteando y sacando el puño por donde había quedado manco, es la sorpresa y la envidia al mismo tiempo por la duración que algunos le daban al submarino después de las exploraciones por las mil casitas, terminando en un bar cercano al mercado o los pases de uno a otro de la gorra que habían quitado en un descuido, las necesidades del jockey deslumbrándonos con la dentadura del caballo; todos viviendo el sulfuro de magnesio, metidos con la mitad del pie en la abertura de una puerta y el otro pie en la vereda enfangado hasta la mitad de la pierna, es cada uno por vez maniatado en la vereda a listas atados según las diferentes cuentas que cada uno tenía con Montaraz, es el Siux malevo descorriendo cada uno de los vidrios en la medianera de los ciruelos, los fusiles de sal y pimienta jugando en la famosa tarde de los cuentos, con los montículos rosadas y ocres moviéndose como plumas, la cicuta del gallo bataraz picoteando los postes de cedro inmaculado en los días de la fiesta de San Juan, es la casa de barro o la casa de cardos o la casa de chapas, o la presencia de los peces unos al lado de Otros tratando de respirar fuera del agua, las manos detenidas en la caja blanca (una mano limpia), la caja oscura, en la caja redonda con un par de zapatos oliendo, es el bolso roto o los bolsillos cosidos con los dieciséis peso el día que apretaron al santiagueño junto al costado del colectivo, los días que todo se inundaba de panaderos, la mano que saludó (movió con el antebrazo la mitad de un círculo) y desapareció detrás de la puerta roja tragando el brazo rosado, la madre Jesusa apretando los dientes y volando dentro de ella a través de los ángeles argonautas de ajo y la cebolla, o el diente de león y el martillo en las tardes de siesta cantando canciones serenísimas de alabanza, es el poblado más acá de las chapas Y el zanjón, el perfume de los jabones o las historias de cuchillos que iban volando de noche tocando cada puerta (cada historia entrando y saliendo, volviendo una y otra vez sin envejecer) la muleta del otro, la pierna del otro, la cabeza del otro; piernas y mano hacia una sola dirección: pautas de sogas que venían con los yoga en medio del baldío o los perfumes interminables de las tardes de marzo, digiriendo mal en un entendimiento nauseoso con los restos del fondo quemándose llegando desde arriba hasta el paladar, secando la lengua, irritando la nariz (el fusil matando la memoria muchas veces, el olor persistente del laurel quemado, oliendo por los pies y las manos la tierra fresca recién regada entre los árboles rasurados en forma extranjera) toda una historia de cadencias entre el dorado, las hojas cayendo desde medio metro hacia donde iba la espalda a doblarse y recostar y exhumar días dentro de otros días, la punta del bosque en que irían a aparecer verduras olorosas, coles, repollos verdinegros; diosas desfilando por la vereda de enfrente (enfrente de mí) resbalando entre carros de mariscos, bosta de caballo olida despeñada por detrás de los gritos y la toma de conciencia de los que iban desapareciendo sucesivamente, tomados en cuenta a la hora de los balances; Saber con cuantas manos, con cuantas ropas floreadas, con cuantos silbidos de pavas podía uno contar a la hora de los sueños. Si pasaba la mano por la cal, la mano de la medianera descubierta o cruzando por detrás de los ladrillos hasta llegar a la efervescencia lechosa trabajada y revuelta en el ritual de la lentitud, descubrir la madera, las pocas gotas de resina extraída con los dedos; el celoso guardián de los pies planos exigiendo para sí los zapatos de cenicienta en medio de la mezcla, o el triunfador golpeando siempre con la zurda y dejando ver al estirar el brazo arqueado todo un mapa de debilidad y extrañeza, es el baúl por donde se desprendían las violaciones a todo tambor y el muñeco Pedroza al fondo de la abuelita tironeando desde el Partenón hasta el almanaque de las rosas estáticas, deslizándome en medio del agua alrededor de los sauces gimoteantes; inventar la alfombra mágica hasta llegar otra vez hasta la vereda a listas del pan blanco y un quemado, olvidados cada noche y vueltos a recobrar al otro día. Seguramente Morandi había tratado de meter su dedo buscando embocarlo. La imagen perfecta: una columna enfrente la puerta de la cuatro F en las que reunidos comenzamos a reconocernos por los nombres y después supusimos que Arlt también estuvo manejando su dedo en la altura que lo sobrepasaba. La imagen niña: la columna con una nube en tecnicolor encima, a veces región vedada por la explosión del verano en medio de la vereda con las cervezas y conversaciones rutinarias que llevaban a la noche o al delirio o las pedradas en medio de una puerta: la consagración del color y eructos, risas que hubiese reír una sola vez como el gaucho solitario en medio de la devastación. Suponiendo que Biondo con toda su biografía inentendible hubiese reído en las veredas de las complicaciones. El calor y la forma de mover la mano tenía un mismo pulso: una culebra sin adiós que nos envolvía. Quizás estarás como antes anudándote las manos, ocultando las mordeduras, los badajos de verdura envolviendo las charlas que siempre eran las mismas pese a que se hablaba de distintas cosas; del cross que tenías guardado o de la amargura de la yegua que se negaba a aceptar el bozal. No había nada en ese entonces como sentir el olor de la avena y el pasto fresco, eludir los cabezazos del animal, sentarte desconcertado, entendiendo que él iba conociendo tus mañas mucho antes que vos pudieses ponerla el bozal y sacarlo por el patio abovedado, llegar a la puerta a la una de la mañana con ciertos tics encima que el animal te iba pasando, costumbres que te hicieron querer ciertas rugosidades, olores apagados en medio de frituras nauseantes, la higuera por donde asomabas al fondo con otro paisaje que no daba lugar al verde en la tierra oscura. Entonces comprendiste un quijote imantado en traje de buzo hacia dentro, una caparazón de buitre asomando la cabeza por el descanso de la escalera aceptando extaciarme en las hojas que lo abarcaban todo, más allá de los techos inviolados, donde descubrí los deshechos de la vida de los otros, todo lo que el pudor no nombraba y que iban a parar con el tiempo y el óxido a la pieza que habitabas al fondo, la liberación de saber que tenías un hambre personal. Es difícil ahora ordenar los movimientos todos los cuartos estaban invadidos, levantar la cortina sobre la cortada Ercilla te empezó a enorgullecer. Sin lugar para el aseo ni redescubrirse pasando las manos por la cara con la atenuante de limpiarse de una noche mas, una noche anterior, una mirada más gaseosa que otras y las manos pasadas por las pecas hasta el mechón con la cara indescifrada cuando te regalaron el traje marrón.

Vos estabas también esa tarde de la sombra que no se volvió a repetir. Todos habían desaparecido y nos fuimos estirando poco a poco sobre la vereda sin insistir ninguno de los dos en la barriga que te hacia bambolear y el ritmo de los pasos que no se extendía más allá del roce de las piernas. Tirados en el fondo de la sombra ese día nacieron los relatores, por ellos fuimos a saber que el cuerpo no era el ir y venir o los mareos de los laponia mentolados. Que la gente se entremezclaba y eso tenía sus claves, aunque una hojita de afeitar rasgando en medio del agua la malla azul y las risas que esto provocaba era una medida no exacta de lo que ya entendíamos eran una mujer y un hombre por los chirridos y la matraca de la cama en la otra punta de una misma pieza al despertar cualquier noche calladas y repetidas después en la carpintería con las conversaciones del cantor que nos volvió a extralimitar y llenar el galpón haciendo el coro "del desencanto más triste" a capela resquebrajando las chapas humedecidas entre las vueltas de la muñeca rebalsando goma laca en la madera de guatambú. Otros pasos en blanco como otros que después te harían masticar los bigotes incipientes con la mano apoyada en la columna sagrada. Hasta que fue tu año y quedaste seco tres días, sin hablar sentado en el humbral de mármol, después de haber agarrado a pedradas el paredón de la cancha de basket.

10

Lo que no nos dejaba ver bien la calle era la montaña de viruta que se amontonaba entre el cerco de ladrillos descascarados y el alambrado. Detrás de nosotros la pila de maderas sin cepillar nos cuidaba las espaldas. Pasábamos los días tratando de otear un rostro en la calle, un par de buenas piernas. Temíamos el invierno y entonces sí, la pila que tanto odiábamos cuando el sol tocaba la calle, nos resguardaba del viento. No encontrábamos calor entonces, en ninguno de los recovecos, teníamos las manos endurecidas; las restregábamos con trapos con agua caliente hasta lograr movimiento, frotarlas hasta sentir la sangre correr y sentirnos más humanos, por el solo hecho de recibir en el cuerpo un poco de calor. En esos días las bromas tenían otro sentido; si nos tirábamos un trapo mojado en agua caliente o un pedazo de madera a los que entonces eran compañeros, saltábamos, entrábamos en la relación más pobre que los cuerpos pueden tener. La mañana entonces era una maldición.

Mi puesto era el primer banco cerca de la calle, arriba dos o tres chapas agujereadas: allí fue el primer lugar donde debí pagar mi derecho a ser adolescente, derecho de piso que le dicen solamente por ser el último en entrar. Las jerarquías eran pobres pero ya existían. El lugar donde se ubicaban los bancos era el menos protegido, era el primero en cargar la madera, atender la cepilladora, ayudar a los oficiales a manipular los grandes armazones que pasábamos por el tupí para hacerles las molduras, y esto era tedioso; tenía que estar atento no sólo a los movimientos que ocurrían por los nudos de la madera sino (era inevitable) que debía hacerme cargo de cualquier movimiento brusco, mi inseguridad agrandaba las equivocaciones y los insultos. Eran tipos mayores, gente que por la forma de putear debían ser respetados. Comencé recibiendo maderazos, gritos, me enseñaban toda la sumisión que ellos ya habían sufrido; me metí también en la hoguera hasta que supe devolver insultos, maderazos y gritos. Cuando llovía y era imposible seguir en el banco que estaba a la intemperie, tenía que encargarme de los trabajos que nadie quería hacer; preparar la cola o llenar los tachos de viruta apisonándolos, mantener el fuego o trabajar en la prensa con la cola fría. Pasé meses sin saber nada de mí, teniendo todos los días los mismos compañeros, levantándome a una misma hora, reolviendome en la viruta. Sólo tomé contacto conmigo y me sorprendí cuando decidimos sacarnos una foto de un fotógrafo ambulante, cuando estuvo en mis manos, me pregunte quien era ese que estaba de costado casi al final del cartón, con la cara casi tapada por la bufanda gris, que no era el color sino que era marrón. Me costó mucho darme cuenta que me estaba transformando en esas figuras que veía pasar apuradas y rotosas, corroídos por el frío, llevando su armonía ósea enrarecida y distinta a lo que suponía un cuerpo en movimiento. Les imaginaba la piel seca, fibrosa, todo lo contrario a las imágenes de las revistas encantadas. Eran rostros empobrecidos en sus funciones, cuerpos que no habían tenido contacto con el sol de una buena playa, que ni siquiera imaginaba otra vida, que no sea esa vida que todos los días nos sumía en un holocausto, que nos iba secando para no quedar más que piel, huesos y desesperación, no se entendía que era la locura o la alegría, las caras reían en un intercambio que tenía que ver con reptiles confusos deslizados unos encima de otros en el fondo de un pozo hondisimo, una vida que no tenía-ahora me daba cuenta-resquicio fuera del horario, días pasados como en una cinta proyectada sobre una pared blanca por un haz de luz que se enciende y se apaga dejando ver intermitentemente la variación de esa cara de la fotografía, transformada ahora en un rictus de cara helada. Y no sabía que era el descontento, todo se daba en un plano físico. El desayuno de mate cocido y galleta lo devolvía casi todas las mañanas, me iba al fondo donde nadie me veía y tenía que sostenerme la barriga porque las arcadas no terminaban y cuando terminaban, me sentaba en un ladrillo y sentía la cara mojada por la transpiración golpeada por el viento helado y me quedaba quieto sabiendo que me buscarían si tardaba mucho y entonces, no sabía que hacer. Todo se resolvía en un plano de deberes, no había en la cuenta un haber, rebelándonos a veces sin saber que lo estabamos haciendo, dirigidos por una naturalidad sin conciencia donde era imposible argumentar, someterse o reaccionar eran las únicas posibilidades. Ahora sé que la puntada fue la foto tomada un sábado de una jornada de poco trabajo, donde entendíamos que eso era parte de la que suponíamos la alegría; Cuerpos que se juntaban sin nada que hacer.

Todas las mañanas era mirar el cielo y descubrir como sería otra vez todo de nuevo, caminar media cuadra, después de los saludos, ir calzándome la gorra, ver llegar a los otros y entrar todos en el gran vacío. Pasar diez horas y a veces más en el aserrín que se metía con los ruidos dentro de la piel, el humo y los gritos. A veces no se podía más y había que saltarle la cara al compañero con un maderazo. Los brazos se movían como aspas, inundábamos todo de manotazos, nos trenzábamos golpeándonos, sintiendo cada uno el sudor y el olor del otro, solo nos frenaba no saber que era la muerte. Llegábamos sólo a la sumisión, hacer sentir al otro la fuerza, hacerle rodar la cabeza por las inmundicias que se juntaban con el aserrín y la viruta húmeda, mientras los otros llenaban el coro excitados. Toda la vida era una cuerda tensa, un intestino sucio donde metíamos la cabeza nadando en una solución viscosa que se daba una y otra vez como un luto con la vida. Los gritos eran los movimientos, los cuerpos atenuados transportándose hacia el otro para conocerlo. Nos respetábamos cuidándonos de cada uno como si supiéramos que en cualquier momento podíamos estallar. Al mediodía el trabajo se suspendía por una hora para comer, salíamos y la calle nos libraba por un momento; respirábamos como si fuera la primer vez.

11

Al pie por la baza, desligándose de todo hasta de la forma de acompañar con la escoba y llevando el ritmo con la pata de algarrobo destinado otras veces a amontonar la mercadería que se iba desperdigando en los días de hasta doce horas (o de otra forma, cuando el sol daba en la nuca) después de haber viajado por todo el oeste con la traición en la mano izquierda y la nobleza en la otra. El pie más cercano a Fred Astaire o el perfil más conveniente, apoyado con las manos en la mesa y el corvo de la espalda, seduciendo por un lado, entreteniendo siempre por la sonrisa mitad de cara y la calidad con él pucho, no se desligaba de las palabras hasta llegar al colmo de sostener sin atención toda la ceniza, descargarla con el otro gesto del índice golpeando en la mitad de los american club. Todo esto graduado al máximo, teniendo conciencia de ser un técnico en la acción de chupar regustando el tres cepas y devolver el humo en medio de la expectativa de los otros, sabiendo que a partir de la expiración iría a descubrir el pelo alisado con los bordes cobreados, el cuello aparentemente tenso y el nacimiento de la camisa perfecta y la medialuna de las hombreras, todo en oposición a la otra técnica de la despreocupación con el pelo desordenado, sin nada sobre la frente, pero también sabiendo que era necesario un punto de detención en que el ojo seguramente iba a suponer que una mano había pasado por ahí. Si no bastaba esto estaba el milímetro de la corbata apenas desviada, siempre dando campo para ser observado todo sin mayores accidentes en la seducción. Dos o tres toques que complicaban toda la conducta hasta llegar a los días de grabaciones a calcular la tensión, los movimientos y el interés que despertaría cuando ya había encontrado el ritmo (la mirada de los otros) sabiendo en que lugar utilizaría la cara de boxeador sorprendido o el acto de culpar a los otros por el acto de respirar. El caudal de la insuficiencia puesta en juego, revalorada mucho más allá de las crucifixiones, teniendo pautas exactas de lo que iba movilizando. Un gran constructor revelando gamas y explicando de distintas maneras como salvarse con el cambio chico.

Cuando se quedó solo y todos huyeron de las cuatro F y hubo que juntar los desperdigados y hacerce admirar por la forma cerrada que tenía de sacar la zurda sin dejarce manotear sin levantar demasiado el brazo y acompañando el puño con el rotar de cuerpo para volver cubierto y salir con la derecha. Los ojos bien abiertos, mirando sobre todo los brazos y los hombros. Fue esforzado el trabajo con los desperdigados, y hubo que bancarse al caruso de la pieza chica, conocerle las mañas, respetarlo además `por la espalda de ropero llevarlo poco a poco hasta la culminación necesaria del prestigio en el coro; los días que el caruso hacía gimnasia en medio del patio tocando con la punta de la zurda el aire y rematando a negros inmensos entre la donna e móvile y uno que otro pase por el pelo alisado, sacando el cuello de las plumas, el toque de las uñas y el gesto provocador no dando nunca el lado de la pared ni tampoco ofrecer los fósforos con la mano derecha, tres cuarto de perfil, como si toda la selva negra estaba en la mitad de la mano donde irían a comer cada uno de los animales subyugados a fuerza de paciencia y relatos de cama soltados sin arbitrariedad moviéndolos a todos por el hilo secreto y transformarlas en ánimas sosegadas y despiertas, confabulándose con la alquimia de los que llevaban en la cabeza cierto crujido de una cama, el Olor emparentado que se transformaba en perfume, zozobrando como patos en medio del asfalto, teniendo y swing particular de sicilianos agarrados y braceando en mitad de una noche sin contrastes, con la cabeza de lobo para los bolsillos y la cara de ángel en la nuca, con el prurito de las sábanas metidos dentro de una gran olla, sujetados por los cabellos en las historias de ahogados, muertos que no hubiesen querido morir, agarrados de la soga, tirándose por la escalera maniobrando las cortinas de los pocos escalones atando el cuello mucho antes que otros empezaran a vivir, entrando por el agujero de algunos cerrojos, moviéndose siempre en perfiles, diagonales, doblando o agachando, quebrados, musicales.

12

Y era la estación curapaligue con los dos puntos cercanos rozando el paraguas delante de Ano R o las cintas agnéticas sabiendo que nos bastaba la precisión de un décimo de segundo; alguien después de todo había quedado con una herida dando vueltas por distintos lugares de la panza llegando eso sí a horas distintas a la calle del humor que respetaba su nombre de Nº 2 por detrás de otro baldío con tono a desierto sin otra salida que no pensaba en las rosas o turquesas o las casas tan tibias y húmedas en las que podía adivinarse la piel y el movimiento de la rodilla de los próceres de la independencia y su biografía dolorosa constando por alguna marca en la felpa. Sobrellevando aires sanjuaninos y el gusto ácido de los cigarrillos sin papel que se juntaban en las mañanas sin campo abierto sino soñando con el acto heroico; subir hasta la punta del obelisco con el echarpe rebalsando la cara y volando como un loco y entorpeciendo todo el discurso como si el otro mismo de la panza en el cuchillo en medio de la cama sin sangre roja ni agache de cabeza para cavilar junto a la férula puesta por el fémur roto se hubiese levantado y te persiguiese por detrás del costillar.

Fueron las alcachofas o alcauciles los que estaban sembrados en medio de la estación por algunas espaldas singularmente apagadas que jamás llegarían a tocar el mismo rincón del semicírculo de polvo donde yo me pare entre otras veces toda una hora para verte venir con el cepillo (siempre vos con tu sonrisa tratando de escamotear el rosado de las tardes serenas), cuando teníamos el tiempo de hablar de todo el tiempo que usabas para cepillarte el pelo para mí que usaba anteojos sin que vos pudieses notarlo. El oficial que nos encontró en la plaza cerca del puente El Cano debajo las libustrinas que se asemejaban a los olivos y los limones; al olor despegado amacándome entre todo el dolor retenido de las buenas tardes y los olores de incienso que no llamaban a ningún rito sino que era una prosecución de una misma muerte que había comenzado mucho más lejos, mucho antes que la conciencia hubiese adivinado el lugar del sur de Italia, mientras no contaba el sexo sin que en ese momento pensara que tendría otra ocasión.

El sexo era misterioso y allí estaba la aventura por detrás de los muslos, las polleras floreadas, la voz o la cara que aparecía como un globo por detrás del alambrado a rombos, sin saber que era rociare mirando arriba el ciruelo por debajo la regadera y salir riendo a través de la boca, eran los ojos la referencia del agua rememorando muchos años después a cuatro mil metros de altura sin saber que hacer con las conversaciones que se extralimitaban y vos apretando el gorro fumando los dos un último cigarrillo y registrándonos una última mirada para nosotros, de arriba hacia abajo, y quedarse en blanco, entendiendo que había estado hablando de demasiadas cosas que hasta ese momento había eludido. Quedó una sola imagen que se hizo mía, me apartaba del alambrado a rombos y entendí que el éxtasis no estaba en la inmovilidad ni en las rocas ni en la ciudad que veíamos humear sino en la tarde que agarré alambre terminé con el cansancio y cargué con los papeles, con las colchas envueltas en hilo sizal y llevándome por delante las sillas que soportaban el cambio de una pieza a otra a la que se iba a agregar una ventana encima del fogón con el orden anterior.

No creo que la ceguera estaba en la misma medida de aquello que trataba de ocultar; la cara de lobo descubierta en la comisura era una de tantas, sentado en un bar cerca de la facultad que vos habías elegido después de las corridas cerca de las vias; era lo mismo girar la cara hacia un lado o hacia otro o dejar recorrer la mano laxa dejándola caer por todo el cuerpo sólo que la mano que recorría al llegar a la panza se combaba sin que la risa que te complicaba no te permitía tener en cuenta los llamados y las señales que urdías en el comienzo de la ropa que los demás te tiraban a partir de tu separación, como papelitos que no debían desfigurar las imágenes del pasado, siempre peligrando cuando venía el contrabando y sabías que después del papel engomado venía el camión, con las patas, haciendo temblar brazos que volaban y dejaban ver el valor del espigado ingles, y te cansabas, y te ponías dura y no dejabas que nadie te toque, porque la piel se te erizaba, perdía función y Tranquilidad y no querías saber nada de la untuosa seducción y burlarte entonces o comenzar a correr en medio de las vias, donde empezamos a entender que yo dejaba de correr a las dos cuadras y me sofocaba y me ponía loco, sin darme cuenta que estábamos jugando a que yo te encuentre y esto me llevo tiempo; Entender que no era la muerte lo que buscabas. El furgón de cola que se iría moviendo y la espalda de los otros que quedaban atrás. El río se abría y desistíamos con la espalda en la arena sin importar los soles que se iban desdibujando una y otra vez en el río de la comba marrón.

Mañana es otro día que olvidará llevarse por delante y atropellar y llevarse por delante la cara contracturada, sin lugar para volver y salir de la punta de la vereda y caminar hasta el lugar de la ventana con la mesa que te ayudaría a juntar los codos y buscar (por no tener otro lugar) alguna hermandad, sabiendo que al frotar los codos por todo el hule verde, que la hermandad no sería posible sino se entendía que el paso por el cordón de granito que dejaba de serlo para transformarse en el trabajo de los otros, con la perdida irreparable que presupone no encontrarse nunca con un martillo y un punzón y martillar allí mismo esto no va más, terminar con la paciencia ligarse porque sí a la minuciosidad y exterminar de una vez por todas una visión Y una educación que se arrastra desde la vereda hasta recorrer la pérgola casera, despuntados, desolados, esperando que te saluda tenga una obstinada resistencia.

13

Días enteros fueron de quedarse junto al mar

Días enteros de juntar la ropa los gritos la mañana

Días enteros desbordados quejándonos abriendo las ventanas

Todas las noches habían pasado entonces apurados bebiendo sin saber

Con el viejo apuntando mas allá donde los peces bailaban

Nos quedamos quietos con relación al mar con toda la arena quieta

Hace un año (un año de la memoria) o más, algunos llegaron y otros que debían haberse quedado se marcharon tan repentinamente; se fueron casi sin hablar, en esos días casi sin noticias y notar que uno a uno se fueron yendo y que en realidad era una casa pensada para toda la vida y no pienso en los años que allí hubiésemos pasado porque seguramente nos hubiésemos hartado y cuando no supiésemos que hacer con el aburrimiento también nos hubiésemos ido como sucedió, en esos días me quede verdaderamente solo y ni siquiera era consuelo pasear por el pueblo dormido, llegar hasta el páramo que tapaba el mar y sentirme más golpeado, tiritando y sintiendo que la cabeza me crecía por dentro. No sabía en esos momentos si irme o quedarme. Vivimos todos los temporales y quedamos sin nada en la casa inventada para sentirnos juntos, si volvemos los pies atrás, si ponemos las manos como un día las habíamos puesto alrededor de la copa que tratábamos de hacer volar, la copa que no se movió y el no-movimiento de la copa era una broma, digo si fuera posible mirarnos como ese día nos miramos y esperar como entonces que se encienda la luz, que la claridad se filtre y corra por toda la mesa y reírnos como antes de ese fracaso. La magia, el espíritu invocado no llegaba y burlándonos nos pusimos a saltar y vino ella y te digo que para mí esa imagen no tiene igual, que pese a que la vi llegar estando sentado junto a vos que estabas inclinado junto a la mesa y que seguiste sin moverte como si no ocurriera nada, como si vos que sabía que a mí se me estaba dando vuelta el mundo, te desprendieras de lo que iría a pasar y te entretuvieras golpeando con un martillo de granito a un almohadón de ceniza, y esa imagen sobre la puerta misma. Te digo que la puerta volaba, que era abrir los ojos y cerrarlos repetidamente en la oscuridad aclarada donde estabamos metidos. Te digo que yo tenía los ojos bien abiertos y que la puerta volaba y al mismo tiempo esa puerta giraba en distintos lugares y no era de noche ni de día y yo corriendo hacia varios lugares a la vez y eran todos los lugares y todo el tiempo a la vez y vos martillando, sabiendo lo que iba a pasar. Pienso que vos también veías en dos o tres dimensiones sólo que en ese momento te chupaste hacia dentro acodado sobre la mesa y una vez que se abrió la puerta, tu cuerpo, tu cara, lo denotaron nada excepto el acto de levantar la cara y saludar y volver a agacharte sobre la mesa y en ese momento me alegré y sufí muchisimo; RAPIDAMENTE, como en un sueño que reflejaba lo que sucedía. VOS ERAS EL CROUPIER, te digo que si en ese momento vos hubieses tirado lo que tenías a mano y te hubieses comenzado a inflar y a largar vapor por los ojos, tomándote la cabeza como si dramatizaras algo terrible, y los demás se hubiesen ido, (yo me sorprendí) porque muchas veces a vos no te pasaba nada aunque todos sabíamos que siempre estabas al límite del los actos y la palabra justa, sintiendo todo haciendo de cuenta que no pasa nada, no es nuevo (como ahora que no tengo noticias tuyas) o como aquel día en la playa que gritaste BASTA y se que no podías más porque yo también no podía más. Lo que trato de decir es que vos no estabas en la encerrona, no era contra vos, que siempre sabías en dos o tres planos distintos, con quien podía hablar y sentir siempre otras cosas hasta que dejamos de hacerlo y vimos que desde siempre se había tratado de lo mismo, que lo que hablábamos era de nuestra desolación y esa desolación la cobrábamos a buen precio y ahora no se si las buenas playas que nos dimos todo ese año; todos esos meses de mirar hacia el sol, mientras la carga-camión que teníamos en la espalda como ese día que el cochecito nos daba vueltas y aveces lo llevabas vos y otras lo llevaba yo, era como una imagen de fotografía que la memoria hace presente para romper la ilusión.

Era el aseo lo que me desgastaba en esos días, no podía entender como todos habían transportado sus costumbres y la carga-camión nos rondaba como el cochecito o como lo que suponíamos una encerrona, una confabulación donde los demás nos involucraban, alguno con la mano extendida dirigiéndose hacia el mar, con los pelos volándosele y el rictus en la cara encendida; sabiendo que no podía decir nada porque yo estaba cargando con el esfuerzo de mis necesidades. Pienso que en el traslado se habían cargado las sombras de lo que habíamos dejado, entonces nos movíamos en un plano que era real, pero que estabamos existiendo en otros lugares y era allí donde la carga-camión se dejaba sentir; y eso no me dejaba vivir el presente. Presentí que era la locura, al fin una medida, quedaba la posibilidad entonces, de empezar todo de nuevo como una palabra que tomamos suelta y que tiene su prestigio en el lenguaje y hacerla significar como algo que nos hunde y nos sorprende a la vez; la palabra entonces enloquece de historia y ya no es una palabra sino varios lenguajes a la vez y ya no la conocemos sino que en ese momento del presente la reconocemos y descubrimos que está infiltrada en nosotros con todas sus jerarquías que ella ha edificado dentro de nosotros, y lo otro, el lenguaje, la vuelta al forro, sería comprender la nueva expresión que presupone destrozar y aceptar esto sería olvidarse de la palabra y entrar a algo que aparece como un borbotón sin significado pero que te haga saltar y entonces saber que saltar es estar del otro lado del que los que quedan te hacen señas con pañuelos industriales de la despedida; esperar o ayudar a los otros, que comprendan que vos distes el salto. Está la mirada de los otros y esto te moviliza; esto ha dejado de ser lo que habías hecho y entonces volves a sentir la necesidad de saltar una vez más entre despedidas y sueños pasados; en esa zona que es la locura, porque dejaste de ser tu pasado y no tenés referencias, es CREAR otro lenguaje que tenga que ver con tu falta de pasado. Debimos empezar por señales o gruñidos o lamer la arena y eso nos hubiese liberado del orden de esos días. Dar vuelta la palabra desfondarla como un bolsillo hacia fuera o pincharla con una aguja fina y hacer arrugarla por la panza de la O, atravesarla y matarla y hacer que no pueda significar más, porque ya está bien NO QUEREMOS SABER MÄS que significa sagrado. Saltar por dentro de la palabra, dejarse estar hasta saber si la palabra puede con vos, si esa palabra te está deshaciendo en el acto de estar dentro de ella haciendo la plancha o si podés salir de ella indemne y si salir significa algo o es necesario que te vuelvas a meter muchas veces hasta que sea necesario gritar y que la palabra deje de responder, porque sino habrá que recomenzar todo de nuevo y si esto tiene que ver en realidad con lo que deseas hacer. Lo que quiero decir es que vos podés pensar que estás trabajando con un elemento, pero podés quedar fuera de lo que te pertenece y lo que en realidad haces en esas circunstancias es dejar de ser hombre. El otro día sonó cerca de mí la palabra rápido sin saber me sentí penetrado por ella hasta donde yo no podía creer que una palabra sola sin un sentido afectivo, liberada de toda organización verbal, podía hacerlo.

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Ahora me reconozco por las huellas que todos han dejado en mí, que los rostros amados necesitan ser inmolados en una extrema desesperación para poder seguir viviendo, que el bien y el mal que suponía inexistente, en un plano donde el bien y el mal eran inoperantes se ha vuelto una acción desenfrenada que cobra tensión en nuestra existencia. Ahora no sólo comprendo que el bien y el mal son sólo palabras de un lenguaje que no sirve para expresar una crueldad nuestra por contemporaneidad; es nuestro ese bien y ese mal sobre el que escuchamos muchas veces en nuestros días más pacientes y más despegados de todo sentido. Buscábamos alumbrarnos y nos hablaban de lo que debíamos y lo que no debíamos, como si el sólo echo de saber, y entrar en la larga conversación de todos los hombres afanados en erigirse jueces únicos, nos obligaba a someternos antes de que pudiésemos ser nuestras propias palabras. Los adultos temen a la niñez y nosotros no éramos otra cosa que la representación de ese miedo. Terminábamos siempre matándonos como una supresión, nuestros juegos no eran la violencia sino el temor que ella involucraba. Allí fuimos cortados y allí no pudimos comprender que la violencia no existía sino en el miedo; que lo que después se iría a dar como violencia, un rostro deformado, la mano que no alcanzó nunca a hacer otro cosa que golpear, eran sólo pruebas, actos de una gran deformidad que hemos ido acumulando. Las calles ululan y nosotros somos el coro, el canto salvaje de lo que hemos anulado. Todos cantamos loas a la renunciación; somos extremos sin solución que nos iremos extendiendo entre nuestras lentas y agrias digestiones. Todo acto, él mas mínimo y el más doméstico, son actos de la costumbre, sin impulso. Nuestros oficios, los más diversos son la utilización de nuestra nulidad. Sabemos que lo único que puede salvarnos es descubrirnos nuevos y fraternos, tener voluntad de forma, ser agrios discutidores de la vida, ser secretos, revolcarnos en las más hondos significados de nuestras noches de vigilia. Subir por una soga hasta donde nunca hemos aullado, descubrir en nosotros el rostro que se nos niega por una acumulación de miedo. Si es que hemos salvado algo de nuestro naufragio, si la acción es ciega, si concebimos que los movimientos de acercamiento que intuimos miserables o nobles en una desesperada concepción por descubrir un acto que no sea reversible, si existen los seres que pueden cantar después de haber sucumbido y que ese canto es una existencia liberadora puede por memoria servir. Que no necesitamos recurrir a nuestra historia para entendernos, sino que el canto es un peso que puede y podrá ser reconocido por ser una melodía que está en nosotros mucho antes de que supiéramos que es un canto, y en realidad hemos aprendido que no es el canto y a defendernos de todo la cháchara y gritería melodiosa a que nuestros oídos y nuestras voces están acostumbrados, y ahora sería hora de cantar de matar con un revolver a doble llave toda la sustancia maltratada. Las huellas persisten; un gran revolcón y quedarte sucio y sin más fuerzas para resistir o moverte como el día de la fiesta de la independencia de Bolivia, que quedaste tirado, que caíste como muerto y lo único que querías era estar allí sin moverte, ver el cielo por última vez, un cielo ahora sí nuevo porque no había en vos ninguna convención. No podías más, no querías más, todo era siempre, sólo había que vivir en esa dimensión, no podías ver otra, no existía otra. No era posible ya levantarse como todos los días, hacer todo lo habitual que era en esos días juntarse en la plaza y caminar por todas las calles de sol escuchando las bandas recorriendo el bulevar, era otra la mirada, otro el ojo que de pronto me abrió, cuando todos trataban de ayudarte y vos sabías que no había ayuda posible, que tampoco había gravedad, que el corazón seguiría, en un entendimiento que es inexplicable, latiendo, esforzándose si, por todo lo nuevo que ibas reencontrado caído en una plaza que no tiene nombre y que se lleno del miedo de los otros y vos limpiándote, dejando correr fuera y dentro tuyo estabas más tranquilo que aquellos a quienes debiste agradecer después, que no te dejaran mirar el cielo con esos ojos nuevos.

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Es genial la coincidencia; hace días que vengo pensando en vos y en la arrugada tarjeta que no he perdido, que conservo en el bolsillo de un pantalón que no uso, que se ha transformado en algo así como el baúl de tu tarjeta. Cada vez que miraba el pantalón, cada vez que me tropezaba con él y su actual inutilidad por su tela gruesa; demasiado clara y delicada para usar en viaje, me confortaba pensar que tu tarjeta estaba allí y que pronto te escribiría y que vos también estarías esperando mis noticias como yo las tuyas. Por fin llegaron las tuyas y me alegraron porque presiento que tenemos que comenzar a hablar y no dejar de hacerlo si es posible por todo el tiempo que lo necesitemos. Hace tiempo debimos romper el fuego e intercambiarnos todo lo posible, toda la vida que un día se incomunicó, nos hizo perder contacto y la vida de cada uno empezó a tener independencia y complejidad fuera cada uno del otro. Yo tengo encima mucho de ese tiempo y de las historias que ya no competen a nadie; el pasado esta vivo pero pertenece a los fantasmas de la muerte. Sin embargo reconozco que para seguir viviendo, para sentirme vivo y hombre a la vez, necesito que todos mis actos, los pasados y los presentes tengan dentro de mí una verdadera claridad. Nada de lo que vivo es gratuito, nada de lo que he vivido lo es. Cuando no sé que hacer conmigo mismo vuelvo mis pasos, vuelvo en la memoria a tocar mi origen. El pasado no son sólo vida vivida sino que es el lugar donde se formaron las fantasías y los símbolos más importantes de todo lo que nos hace humanos y comunicantes. Siento que esto es descubrir la vida misma, la vida de los otros, con los ojos inmersos en sucesos que no se saben bien que representan (la vida de todos), los sucesos, las ropas, los olores familiares, todos los patios y el sol, todos los nombres que configuraron en una sensibilidad tan vibrátil como la de un chico. Para mí es vital y quiero reencontrar las imágenes que tenga que ver con todo eso y que a la vez me sirva para vivir con más compromiso. Si querés entenderlo así quiero hacerle pito catalán a la muerte. Quiero despegarme de todo lo que pueda llamarse imposible, quiero saltar como un aerostato de todo lo que me llena de muerte y horror, el lugar donde todo se adquiere; las aproximaciones con la realidad, uno comienza por ponerse la camisa de salir a la calle y la calle te come, TE TRAGA, la calle no es Ercilla ni Emilio Castro, sino que es más, mucho más que dos calles. La gente se enmaraña, lo que entendemos que es el amor no es el amor. Para que lo amado sea el amor tenés que martillar ahí donde los demás escapan y esto desgasta, tambien desanima. Eso nos deja truncos y sin fortaleza para seguir luchando, sin embargo siempre es así, siempre ha sido así. El amor o los que quieren amar tienen que pagar por hacerlo, tienen que pagar en monedas contante y sonantes en precio dolor. Cada moneda de dolor es asimilada y puesta en marcha para que el mercado siga fluctuante, vivo en sus contradicciones. Hay una raíz en nosotros que va mucho más allá de nuestra conciencia que nos va minando el piso. Quiero decir que todas las horas vividas cerca de las mujeres vestidas de negro, con sus manteles, sus ritos, el llanto por los que hemos perdido; el llanto continuo y el gusto por celebrar ese llanto por la muerte de los que hemos perdido; somos el llanto y la muerte más todo lo que tenemos que hacer. Esto configura mi existir y la única forma de encontrar mi libertad es comenzando por aceptar esas muertes y deshacerme de ellas para ayudarme y ayudar a los que circundan no piadosamente sino cambiando. Que esto sirva; esta conciencia o acto de asumirme en lo que tiene la vida de asequible para mí; la vida que puedo penetrar empujando, volando o enterrándome por días en un pozo de diez metros, para resurgir si es posible más complicado, más inmerso en todo lo que es posible expresar para que la vida de ustedes y la mía en lo que tiene de comunicante sea celebrada para la alegría y no en lo que tiene de muerte. He descubierto que la muerte vive dentro mío, que lo que llamamos muerte es una cantidad de actos que no realizamos. Que un hombre en esas condiciones muere y las muertes se le van acumulando sin tener una clara conciencia de la vida; un hombre se va transformando en algo así como un tacho de basura. Y yo tengo la sensación, la puta sensación de estar lleno como un tacho y es hora que el tacho se limpie o sirva para algo. Si puedo con él hacer un almácigo o un incendio esta bien.

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Estamos en Lima y no hay noticias, no han llegado hoy ni granadas ni cereales. No ha llegado pan ni polen ni albahaca ni cestos. No hay grandes saludos de una casa a otra casa. Nos miramos y nos desfondamos, no queremos más. Las albóndigas son doradas y no queman, pero queman. La sal de fruta del corso jardinero levantándoles la polleras a las mujeres mansllorens. Todas las amas de casa mintieron una y otra vez, grito en su pieza el hombrecito más chiquito, mas bajo de la cuadra; todo estaba invadido por los colores, por las polleras azulcobaltofuego. Los tomates femeninos, el apio masculino. La diosa blanca que vimos, el monumento a la diosa blanca del mar (es otro viaje, es otra memoria) a quien los negros le brindan todos los años un cachorro de hombre (POR PROHIBICIÖN LO SUSTITUYEN POR UN carnero). No hay noticias del sur, los fogoneros masticando con palas nuestra correspondencia, los fogoneros que maldicen y tienden su mesa. Le palmean como a nadie el culo a sus mujeres, los fogoneros. Seguramente.

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No es que debí sin que hubiese rescatado todos los bultos, paquetes con sus respectivas ataduras, bultitos que la memoria va rescatando a través de los hilos seguidores. Vos tirás la carta, pasa el mar y estás aquí después de todo un año o un tiempo mas o menos imprudente. Que hacer con todo lo que sucede en ese tiempo; viaje de por medio grandes idas y huidas por los techos. Vos escribís, me decís AQUÏ ESTOY y yo que después de algunas cartas que mandé, sobre todo en tiempo en las papas quemaban y el cuore estaba quizás más oprimido que en otros tiempos de libertad?. Tengo que también desenredar todos esos paquetes que han quedado suspendidos, tratar de recobrar el que ya no sos para poder hablar con el que sos ahora. A mí también me pasaron muchas cosas y los informantes que llevan y traen como grandes trabajadores de las noticias no oficiales, te dan siempre las noticias que te suspenden. No sé lo que has vivido todo este tiempo, mi última visión es la cara que tenías en el aeropuerto, vos estabas seguramente más preocupado por lo que ibas a hacer que los que estaban en la baranda y que sólo podíamos presentir que en ese momento te estabas acomodando, tratando de vernos, saludarnos y olvidarnos. Por supuesto que sé lo que significa la exigencia de una carta amiga, de que modo te reconforta y salva para lo que llevás dentro viva de vez en cuando y nos permita afrontar lo desconocido. Escribiendo recobro mi viaje y la necesidad que tenía de noticias, el cordón salvador de la alimentación. Lo que yo era, lo que soy, no podía borrarse con ningún paisaje. La carta de los otros, las noticias eran un maravilloso pretexto para que mis imágenes primordiales sigan viviendo. Vos hablas de revolución y yo me pregunto si hay algún ser humano que pueda prescindir de sí mismo, olvidar sus imágenes. Una revolución que no contenga esas aproximaciones no sería una revolución; trasladar las posibilidades de arraigo, su forma de tomar, de mamar fuera de todo entendimiento supuesto con los demás es decir somos tan universales que podemos vivir en cualquier lugar del mundo? La pregunta sigue; es posible ser uno mismo donde las exigencias nos son extrañas. Nos preciamos de ser los más informados de suramérica y nuestra base es la de seres que han debido recorrer o huir de sus países natales, esto nos "universaliza", nos permite estar al tanto de lo que ocurre sobretodo fuera de aquí. Lo que parece difícil de soportar es lo que ocurre aquí. Mientras no encontremos nuestros intereses comunes nos es difícil soportarnos tales como somos; desarraigados, hijos de extranjeros que llegaron aquí buscando, algo que no pudieron lograr en el lugar natal. Entiendo que esto nos particulariza y a la vez nos saca de contexto. Nos toca vivir en el lugar que nacimos una época especial, retratos robados; traídos en viaje (se puede repetir). Nuestros descendientes serán aquello que reciban de nosotros. Estoy seguro que la Argentina como núcleo y situación (represión incluida) no es lo que representamos todos nosotros, esa gran confusión, deberá cambiar para que se dé el arraigo en nosotros y nos hagamos cargo de todas las civilizaciones que viven aquí, los nativos parecen el pato invitado a la boda. La lucha es dejar de ser errante. Para mí ese es el cambio, esa la revolución, no me basta ser lo que he sido, necesite tener una forma definida que se entienda con el lugar que me ha tocado vivir y sus raíces. He nacido aquí y me gratifica en la medida que pueda cada vez más, aceptar esa realidad en la que me voy transformando. Escribirte me revive mi viaje y más todavía me repite el viaje que he vivido aquí, ahora se aclara y descubro que lo terrible de lo vivido tiene que ver con la alimentación que recibimos; de acuerdo a esto, viviremos satisfechos o incompletos. La necesidad de vivir lejos nos hace idealizar a los otros y los mantenemos estáticos, como si nada les pasara. A través de las cartas los otros son los que esperan, los que vivimos somos nosotros. Esta veleidad cae cuando descubrimos que no ha sido así, que todos los demás ahora si empiezan a vivir y tomar cuerpo fuera del centro que se supone cada uno es. Lo que sorprende es que cada uno en su lugar y con lo que tiene lucha por lo que no tiene, sigue un camino, vive, seguirá viviendo fuera de cada una de las fantasías que uno provoca a partir de la soledad que supone estar lejos, estar poco comunicado con la realidad en suspenso. Esto es lo que me pasó a mí. Me fue imposible borrar durante el viaje el que fui, el que era en ese momento, el que soy ahora. Una cosa que me pregunté cuando la recurrencia a los otros no me estaba permitida, fue que es lo que yo podía hacer, que había aprendido, que es lo que podía aportar. En eso estoy, me cuesta bastante encontrar que es lo más importante para mí; lo que se es que esta es mi tarea. Sebastián se incluye también en esta forma de pensar; revolotea de vez en cuando por la máquina; quiere meter la mano, en realidad mete la mano en mi cabeza. Me recuerda todo lo importante que es para mí que él haya nacido y que pueda crecer. Esta ciudad y su gente han seguido caminando desde que vos te fuiste de aquí; a través de una oscura monotonía han sucedido muchas cosas. Si volvieras tendrías que aceptar comenzar todo de nuevo o negar todo. Está en vos y en la necesidad que tengas de volver, querer quedarte o irte.

Las cartas

Segunda parte

La cumparsita

Si supieras; quizá aquella sensación de zozobra haya nacido del hecho de que yo lo observaba sin que él pudiese verme. Había cambiado para mí el paisaje; sus ojos vidriosos, su forma de cruzar las piernas, sus pitadas profundas, sus alpargatas, su pantalón marrón, su camisa blanca. Yo estaba paralizado por todo lo que intuía familiar pero que ese día tomaba el giro de una revelación; conocía los detalles, su cara impersonal exageraban sus ojos que miraban sin verme.

Era absurdo que no me mirase.

Aún esperaba por mí en la vereda blanca el ss; podía divisarlo recostado en el farol de la plaza inmensa; hacía calor pero él estaba vestido con abrigo oscuro y sombrero, la solapa levantada cubría su cara; una mancha marrón. Era enero y el sol calcinaba, rebotaba en la vereda y las paredes blancas. Él permanecía ajeno; ni siquiera le importaba saber si yo estaba allí o intentaría escaparme; Su seguridad me acobardaba.

Le fue barrido entonces cubierto de costado y nadie quiso mirar barridos unos antes que otros girando y exorcizándose a si mismo, toda una sonrisa; la vejez le había quedado vacía entre las manos desocupadas que utilizaba para saludar y sin tampoco saberlo en el gesto de los dientes atascados sin lengua voluptuosa que

Le miraron el pelo le dieron vuelta la cara con el mismo pie que utilizaban para devolver el centro cerrado. No carraspeó después de todo ante el botín de la mañana sin que nadie supiese por supuesto que el mechón me hacía girar la mano la misma de quedarme quieto o levantarme de la estación en medio del avispero sin poder sólo una vez redondear los huesos y vuelta al meón de las penas, vos me diste con la barriga de gordo en la espalda después de la mano y los pelos de la mujer. Me enfrento mucho más cerca mucho más cerca

Y era la estación curapaligue con los puntitos cercanos rozando el paraguas o la bruja que pellizcaba y que seguramente después de todas sus masturbaciones anales debía mirarme los ojos tan rojos e hipertiroideos; pero yo los hubiera hecho polvo pensando en los ojos de mi moza con el relato de Lewis en el mismo aserradero que tenía el mismo olor a cedro dejando que el aserrín rojo se tornase en violeta sin que el carro del cuidador pudiese decir nada respecto al cambio que se realizaba sin saber o que la cola blanca que trabajamos cantando aires rosarinos padecían en los roperos y la leche cortada te dije adiós con la mano pero te dije para volver a verte

No creas que la ceguera estaba a la misma medida de lo que trataba de ocultar, la cara de lobo era una de tantas con los anteojos frente a la facultad que vos habías elegido después del TPBA y las huidas simultaneas; vos tenías adornada la panza y te castigabas en el mismo lugar de los billares con las recetas

Estoy cerca del almacén que miro todos los días desde el colectivo sedante que me lleva por todas esas calles con los pies después del vendaje de los tobillos. Utilicé como otros días el ascensor y no me molestaba el strip-tease que tenía que ver con la modelo de las vocales claras que el actor famoso de la cara seria que tomaba como bandera el sonido del chelo y se perdía y lo empastaba todo

La playa sucia Judith eras otra entonces sin siquiera moverte de la biblia, yo hablaba de Niesche sin haberlo leído, te acordás de toda la charla con el poeta terrestre, sin rosas ni estación atómica. Terminamos hablando de los basureros, el organismo unicelular desparramando todas sus funciones. El final de la conversación: todo muy claro como el arquero que no pudo por más que se tiró varias veces y pidió arrodillado que volviesen con el tiro fuera del area con su físico preparado para levantar catacumbas pero no pudo con el centro del faraón que competía con Sherol Holmes tan bonito el doctor Wastón

En las lecturas el Dr. Wastón inspirándonos piedad como un loco que no quiere calzar su mejor medida sin que se deje tocar las axilas y repitiendo: Dios como he besado medallas después de todo como he reculado esto es verdaderamente serio y si ya hubiese encontrado un hombre que pudiese con su cara graficar todo esto, dejaría de hablar, podría entonces confundirme con su dolor siempre tomando cuenta de mi dolor de los años de la guerra

La noche que yo sabía que todo era risible y esto me hacía callar como el saludo de la flaca de las tetas grandes que todos deseaban y quienes entonces me daba vuelta con el pie sin doblarme la espalda tratando que los huesos o más claramente la médula espinal, no corriera peligro, sin tener en cuenta que todo el peligro estaba corriendo a partir de las complicaciones pero sobre todo de los cuidados

No te puedo hablar del dolor está bien, físicamente esta bien; el dolor es una medida del sufrimiento pero vos que lo sabés querés que me ponga cínico. Después de todo si me arrodillo y esto terminaría en la alegría de los días domingos esperados y cubierto de sal con el furriel que me hubiera destrozado sino hubiese reído con el

Vuelvo a saber que estabas ahí tocada sin saber que te da risa; puedo salir de tu circuito y sería fácil, hay cuatro cuadras asfaltadas, las risas, tenía barba y era en el mismo lugar de los coches estacionados y lo que más me duele no son los gestos de la gente, que no quiere salir de esta calle; yo vivo en otra calle y esos pelos dirigidos a un mismo lugar no me tiento, vuelvo a mí escondiéndome, pasando el cuello por la mano siguiendo el arco por la cabeza que no tienen agarre los pelos escapan mi amor

Tocamos la arena volvimos una y otra vez por los lugares ardientes te das cuenta de la miopía salvaje, no estoy en Tumbes no puedo ahora volver por los anteojos el pie dándote vuelta, yo hubiese reído mucho más con el cuello del flamenco rosado Salgari los ojos ni tampoco alguien que alcance a detener la imagen de todos aquellos que fueron teniendo nombre; que hacés de noche te beso te quedás quieta sabiendo que yo no puedo olvidarme no quiere decir que me acuerdo o que vos estás presente con tus amores que no me pertenecían. Que hacía yo en todos esos años, las muecas de Evvie o la cola de ganso o la intelligenzzia, te quedás siempre mirándome no es que seas todas las miradas que no dejan de mirarme, mi gesto no te toca, no te alcanza deberé contorsionarme con el tip que me fechaba las cartas te olvidas de todo, tenés la voz aflautada, te comés con otros dientes podés reírte cabeza de choclo no tenés que hablar de mí reíte de mí yo no me desentiendo me río de vos de tu pelo lacio de tus ojos debajo del cuello todo en vos fueron los doscientos mil metros los treinta tip y el olor a kerosene

Me miro después del golpe saber que estabas caliente, dar vueltas a una misma pata en la plaza, detrás de los olivos, por encima del almacén; las rayas que he hecho por vos si me mezclo te dejo los dedos llenos de colores. Termina; y no te olvides de mí sufro mucho pero es inútil describirlo, todo lo hago por la aceptación

Tomé como todos los días el mismo camino no había quien entendiese que vos, tan hermosa entonces no alcanzabas a amarme

No me vengas con el salpullido después de esperar toda una tarde detrás del arco cuando me especificastes el lugar, yo no creo en el demonio pero quién lo inventó quién te dio lugar a dejarme pagando

Yo reconocí el sombrero quedate quieta, me apreté con vos te descubrí el ojo no podía salir fuera de foco con los mimbres tapándote el rostro, el río debió cubrirlo todo la historia de haber rasguñado la arena era salvarme de la catástrofe de nuñez como podía entenderlo antes de saber que desconfiabas, no tenía úlceras, los vómitos me los guardaba lo más secretamente posible, quien le cantará al sobretodo de color, la mujer lenta del tren liniers-once que se rió mirándonos el día del ballet de alicia alonso, todas las camas que dormí tenían como el tren rumbo preciso, fisuras hasta llegar al desborde actual de una cama abandonada nada en una calle que era la mía que podía intercambiarse y dejar de ser la misma

Eran conversaciones íntimas, yo sabía donde ibas a meter la mano haberte conocido en el mismo recorrido, quien vivió en una casa abandonada y la manera de salvarse después de la inundación, como mirabas ese día, como decir la importancia que tenía entrar medio metro más allá de la medida que suponíamos tierra desierta no poder amarte como entonces.

Dejé que me hablaras de tus tíos, que me contaras, yo no me quedé nunca no dejé señas no amé lo que el descanso atenuaba vi reír el pelo negro los ojos con otra biografía bailar la zamba de vargas todo en ti fue naufragio a expensas de las corvinas utilizadas para no morir

La arena nos templaba, cuando fuimos recalando empezamos a conocer, nos habíamos quedados varados como mi padre que dejó de ir a la rioja, no quiso dejarnos solos, quizá supo que la burla era mayor a la posibilidad de cambio y yo no termine nunca de digerir que hubiese pasado si todos hubiésemos entrado en el cambio. No me interesa ahora el aprendizaje del poeta agarrándote al martín fierro por dos o tres centavos que me fueron confundiendo como ese tiempo de rioja

La tijera, el bordoneo del cincuenta y cinco la melena dejada sin que yo intervenga en todo esto

Te amé en una pieza alquilada por alguien que me quería sin que esto fuera una mañana hoy dejé las penas gaudís doblando y teniendo paciencia en las columnas que iban configurando el equilibrio en las miradas; vos traías los fiambres ocultos la sorpresa de las dos de la mañana el cuore del poeta que vos suponías en la diagonal

El coronel el general estaba bien centrada tu lucha era saber como vivía al sol en el sol, te salvaba?

Se que recobrarte me exige media vuelta y el cisne no me deja volar la gordura que he adelgazado me la comí tranquilamente, ejercí el rito de tocarte las piernas el vello la alquimia del pelo rubio sin que mediara otro lugar el centro gallego estaba ligado a tus caderas las piernas flacas a reconstruir

Como decir que viví lo que vos huías me hicistes participe de un crimen matastes por piedad yo maté por piedad querés que te cuente: la nariz afilada mi mujer no quería que volara subido en una nube sin límites en esa esquina los ojos iban delante de mí se volaban la confianza del orgasmo cuando más persistían las miasmas

La arena deslizándose en el camión recogiendo los diez pesos en la avenida convergiendo una noche posterior con el bombo hasta la madrugada sin advertir detrás de las botellas el río que deja ver sus señales, la baranda de madera moviéndose trastabillando hasta llegar al marrón los pies helados de una vez

No tenía explicación había que tener confianza guevos duros pensar que te equivocaste los perros que te ladraban el SS mordiéndote los talones un san juan bautista de tabaco rubio y sotana apresando como nadie la pelota pasando una mano por la cabeza si me hubiera equivocado sé que no hay testimonio la necesidad de juntar alguien que dé fe de una vida que se extermina habría de ser obviada, tengo los pies planos la risa en rictus pienso en vos que nombras al sena, se supone que una visita a huancayo y después seguir viaje ese era tu sueño vos lo creías necesario

Te descubro la cabeza sé que he tocado esa parte de tu cuerpo que he llamado como un nombre que estaba de acuerdo con la curva de la nuca, no me movía, movía otra cosa no quiero decir que la mano volaba te toque el cuello te dije como a nadie que el medio círculo de la nuca era el lugar que nadie trataba de adorar

El bochín golpeando a cincuenta centímetros de mi cabeza en el árbol de roque perez durmiendo con un tío loco que te asombraba repitiendo gestos que seguramente había ensayado para seducir a quien pudiese escucharle no sos el Boga ni siquiera importa que hayas robado el bote es mentira los pantalones negros cortos en lo que después reconocerías a Bob Dylan mártir

Cada vez que cierro los ojos en un lugar riesgozo y esto no tiene nada que ver con la avenida río branco y la negra que seguí hasta el mercado y por la cual volveré a Río entre otras cosas puedo nombrar:

Un mendocino que me confió sus amistades guerrilleras en colombia

Solo que en ese momento estaba perdonado por Roberto Arlt

La sueca que bailo con nosotros y mi desconcierto izquierdista yo hubiera aceptado ahora que la negra que se tiró a mi mujer recorra la piel el estereofónico de niteroy y yo recitando poemas al hombre del espacio

Me paré en las estaciones los asientos me decían que era un veterano que no debe uno impacientarse con los álamos de cosquin y esperar que los dorados nos vayan amortiguando;el jeep dando dos vueltas en la tormenta no era eso lo más importante, las mujeres eran mucho más libres que verde estás (me dijo en san clemente o en santa magdalena del mar)

Me dijeron Mar y está bien y bebí hasta podía haber comido en el restaurant de los búfalos sólo que la memoria del periodista de prensa latina en mi mente con su presencia en silencio en secreto con la flaca de los dos soles y medio no reconocí otra cosa no volví ni siquiera a la tarde de manolete dando vueltas al toro y el boga era un joda permitida con el bote robado a los amigos sin que la cita de charlie parker nos salve de la desilusión yo soy inmortal amor después te he rematado te he dejado mis huesos me he vuelto cristiano es decir he vivido en el pasado

Haber aprovechado las dos mujeres los dos cuerpos relamiéndose

Asumo tu muerte mi muerte me senté y esperé los ritmos la forma de caminar ladeado ni siquiera el profesor de filosofía sobrellevaría su entusiasmo hubiese golpeado su cara turística estadísticamente los alemanes el sir gauchesco que extasiaba eludiendo los ararás en la esquina que vimos escaparse al preso eso solo que la negra no era de palo el mercado de esclavos era joda uff excitando a los tipos de la bossa nova

La palabra mayor quedaría en medio de las disecciones sin que esto sea más preponderante que debí decir; la palabra en medio de la puerta sin poder atinar al gesto que hago cuando no tengo nada que hacer; no fue así cuando moví la arena ahogarme entonces hubiese sido un lujo, corté por lo más revuelto volví al muñeco pedroza el cocinero recogiéndome en brazos y cantando para todos el arrorro, habíamos bebido litros reconsiderándonos sin tener en cuenta nuestras propias historias no existíamos en los otros sino en su desconcierto siempre fue así

Subí a las distintas montañas por diversas situaciones que me irían a aclarar el esfuerzo mi ardilla del patio no era tal ni siquiera la infancia fue la misma ella transcurrió muy rápidamente en la comedia humana repartiendo un volante ilícito censurado y que obliga en definitiva a vivir no podré quedarme mucho tiempo en la infancia el olor del laurel acabó siempre mareándome yo no olvido sus muslos

Arido el texto la perdí de vista sin haber dejado de mirar ella me fue matando en mi desconocimiento si todos habían cesado en mí era muy importante en ese entonces porque pese a todo yo no era nadie sin mi, yo diciéndome todo antes de empezar a caminar y entender que estaba muy triste y engañándome entonces suponiendo que estaba solo después se entendió que debí volver a una misma calle desechando enfermedades pulmonares amores contrariados y editoriales musicales y sin embargo a falta de amor tomo todas las precauciones de gato

De haber mordido el caballo al perro no hubiese sido tan complicado los otros son más ruidosos y menos esperanzados hago mientras tanto cosas precisas que no volverán a repetirse no pienso que día es ni siquiera lo que sé el miedo a dormir es aterrador el momento a cerrar los ojos me persigue quisiera que esto dure lo suficiente como para perder el sentido el odio está fuera de mí agradezco el camión de cada uno lo que no puedo obviar es mi miedo a disfrazarlo sería una heroicidad hoy es jueves se que lo que se mueve ha comenzado por un límite que es difícil variavilizarlo pero que existe la cabeza más lejana de mí el minuto que debí quedarme

Entré por la puerta cerrada, agarrado de las uñas, abriendo las dos rodillas para encajarlas en algún lugar que dejara deslizarme. Extendí las manos hacia delante tratando de cubrir el agujero. Quería agrandarme allí muculento llegar a un punto donde mi piel se adhiriera a la otra piel, hablar por otra boca, deletrear para dentro y navegar por un río lechoso y agrandar allí también la memoria que estaba llegando a su fin, la memoria que se iba a transformar en olvido; el hedor sin sentimiento de tal, el huevo sin cáscara que nos lleva desde el rosa pálido hasta el fuego, el gusto pastoso que sentimos en el mismo momento de deslizarnos por el blanco espumante con eskies que iban saltando a velocidad sin tocar el piso inexistente y descubrirme en el óvalo cerrado respirando y tragando el líquido rojo gelatina donde la respiración eran las burbujas y el ahogo y comenzar a saber que había que repetir lo que era tragado con un sentido de embudo, hasta que el liquido viscoso fue cambiando. Toda la vida tenía ya su peso manifiesto; se dejaba entender por voces y movimientos. Gritar no fue otra cosa que aceptar desenrrollarme y enrrollarme fuera de los demás. Pero con fórceps

Cuando un hombre y una mujer que se han amado se separan

Se fragmentan, se llenan de olores que debieron explotar en el globo que uno y otro se inflaba, con el color más cambiante y más cómodo que cada hombre y mujer puede soportar. Había que dorar la piel y la píldora del mundo comenzaba por dentro; insuflar desde el tedio, ver como se agrandaba cada rostro metidos uno dentro del otro, cada uno viendo como se deformaba la cara del otro hasta llegar al éxtasis. Las palabras suspendidas por una maraña de supuestos donde brazos y cuerpos se irían incendiando en un abrazo repetidamente mortal, amodorrados como cuervos de mala leche que van convenciéndose de historias que no tienen balsa ni puentes para unirnos al mundo. Las piedras que cada uno había juntado sin tirarlas, los amuletos clavados en los lugares más delicados de la salud, la sangre que no fue vertida nunca, los gritos ahogados y macerados una y otra vez y nunca haber explotado NO SOY UN SER PARA ESTE OTRO QUE NO SE QUIEN ES. Haberse clavado de manos y abrazos atados lo más juntos posible para no hendir y traspasar la pared donde la cabeza golpeó y las manos encementadas y duras no dejaron de hacer daño, creando y navegando por jeroglífico de la mala pata. Fue necesario sacudirse y dejar toda la mierda que era del otro y recuperar la propia, dejar de hablar y preguntarse si alguien puede también dejar de hacerlo

Tuve que empezar con la pala para saber que la tierra que me había tirado encima no era tanta para ahogarme, que podía respirar y lo hacía a través de un agujero de una soga que no pudo llegar porque no hubo ni tiempo ni paciencia y lo que esperaba de los otros (el tiempo y la paciencia) estaban ocupados en alimentar la máquina que los ayudaba a moverse y juntarse (Riancho se hubiese reído mucho de esto él que sabía que sus dos pulmones estaban totalmente inútiles y venir a hablarle a él del tiempo o del cristianismo, como la noche que se leyó de un solo saque la montaña mágica y después vino el cura que quería darle la póstuma bienvenida y él lo sacó mandándolo al carajo y vinieron con el oxígeno y tampoco quiso aceptarlo sólo que ahora me daba cuenta que no podía hacer nada que ni siquiera era bueno hablar como todas las tardes y caminar por el caminito que bordeaba la alambrada, llegar a cada una de las puntas y volvernos como si fuéramos un ángulo recto).A él lo trajeron en un avión desde Valparaíso; el creía que todo iba bien y que tirarse al sol y mirar todo lo que no había visto en su vida o confiar como lo hizo en el sol era para el la muerte y hubo que amordazarlo y se dio el lujo de la heroína, atarle las piernas y los brazos agacharle la cabeza porque gritaba como un loco hasta que dejó de respirar

Ella que tiene un nombre similar a RUGA no es siquiera la heroína de esta historia. A pesar de subir al pico mas alto de la cordillera, haber vivido allí todo un día quemando sus ropas para sobrevivir o haber remontado el río amazonas en un tronco ahuecado golpeando con el remo los diversos peces voraces, o en relación a la literatura haberla vivido con sus amantes; uno de ellos le leyó a Poe, otro a Camús y hubo otro que practico en su piel intensivamente los métodos que sugería el marques de Sade: "Fue verdaderamente conmovedor como caían las cabezas a cada además del marques que nunca se había vestido tan cuidadosamente como ese día "Sólo que ella no podrá saludarnos nunca más"

Siguió siendo siniestro cuidándose mucho más ahora con las cargas de dinamita diluyente que habían entrado en mí sin mucha conciencia pero que me llevó a desentenderme de mi mismo y necesite varias tandas de soga para sacarme del pozo, varias almohadas plumeas para hubicar mi cabeza y dejarme penetrar una vez más por el sueño del gusto a huevo y esperar que la persona que me escuchaba me iba seguramente a acariciar. Ella estaba ahí porque era la ternura y yo la necesitaba. De que manera lo había buscado no podía ahora entenderlo, lo importante es que me tenían que despertar con un guinche abrir la gelatina de la cara y empezar a saber que las palabras que podía unir eran verdaderas porque las recuperaba del vacío. Lo que me daba vueltas, en quien pensaba en esos momentos era Ernesto Guevara, una de las sogas y los alimentos y un nuevo desconcierto para incorporar el alimento que no venía con el mantel a cuadros, desechadas mis necesidades, dejaba de ser ocioso dejaba de navegar y ahora el espejo de las palabras volvía, se aclaraban se conformaban en intención. Nunca más grande el miedo de nombrar amor. La guerra en ese momento podía destruirnos, era una necesidad gritar en la cabeza de cada hombre, porque la inexorable lucha se iba a transformar en memoria y una vez que esto sucediese nos iba a costar el mundo, remontar todo de nuevo como si alguien como el SS te estuviese esperando a la vuelta de la esquina, una esquina tremendamente eludida pero que ahora todo lo explicaba, todo lo decían las palabras y el espejo. Sólo un temor, una desconfianza llena de miedo que toquen a quien es necesario resguardar, ser violados en la instancia donde el amor es posible y eso sí no podríamos resistirlo te acordarás de mí.

Las cartas

Tercera parte

De las ausencias

Cuidé todos estos días que nada se moviera, que nada se marchitara, que todo guardara un orden. Cuando digo todo vos sabés que me estoy refiriendo a los objetos; los cuadros las fotos, los libros que a veces por el cimbrón de la calle empiezan a vivir por su cuenta; vos sabés el movimiento de los libros y el cimbronazo de la calle son una misma cosa, se pertenecen, son un hecho misterioso. Cada libro (y alguno en particular) empiezan a moverse con el pasar del coche que pisó cierto grado del pavimento. Lo obsesivo de la observación te da una medida de cómo voy tomando control de todo lo que se mueve o se agita en la medida de las modificaciones que no pertenecen al presente o al futuro de las comunicaciones que se producen de horizontalidad a horizontalidad, es decir de pecho a pecho de palabra a boca o de pie a pie que necesita el paso anterior. No. Me estoy refiriendo a lo que sucede en ausencia de uno de los protagonistas. Uno sigue el ritmo del dialogo pero el otro no responde verbalmente sino que responde en los ruidos de la realidad generadas vaya a saber por quien. Es decir uno nunca está ausente, si yo te hablo la repuesta la tengo en lo que conozco de vos, aunque se caiga un libro o un tipo pegue un frenazo. Las cosas que tienen tu presencia responden por vos con nuevas necesidades; si se mueve la guitarra ante una torpeza, la torpeza es el sonido de la guitarra, si lo querés más claro es el concierto de Aranjuez, por no decirte que el ventilador es el movimiento sigiloso del roce de los vientos en la selva. Si vos querés el movimiento de los hombres es el movimiento de toda la realidad; el movimiento de tu falta que se va llenando y esto va como tranquilidad de los que hemos quedado en vida con tu falta. Si querés que lo siga diciendo de distintos modos; yo sabré por siempre como me saludabas, como te enojabas, como aseverabas o como dudabas en tus silencios. Toda la gama que uno desarrolla después de la adolescencia. Toda la gama de ir saltando las vallas de la carrera de obstáculos está prendida en nosotros y en los demás, la realidad esta impregnada de tus ausencias que hablan. Hay, porque no entenderlo una preocupación de los hombres que como en una balsa van atendiendo las necesidades de cada uno de sus ocupantes. Lo que no entiendo es el sueño de anoche: graficaba la mesa de hule en que nos sentábamos a comer, un desgarro, una falta que no tenía nombre.

Camila: consultada la ausencia de Camila y también las ausencias que quedaron en nosotros ante lo fatal de su pérdida; la ausencia contestó que todo era una nada, una nada donde faltaba su todo y que su cuerpo ya no era su cuerpo sino una pobredad de sus movimientos y la nada que nos fue quedando y que temíamos también perderla como una sucesión continua en la que ahora nos aferrábamos al calor de que ella se transformaría en una nada de su ausencia y nos quedarían sus recuerdos y lo que ella había sido por y para nosotros y que si queríamos saludarla, saludáramos a sus cosas que ella tuvo la gentileza de dejarnos y que su vida había sido una gentileza de su parte que nos tenía que bastar aunque esto significara una muerte lenta a la que debíamos acostumbrar como un hecho irreparable, como lo que fue, una consecuente fatalidad.

Dante: los mejores días de su vida, entre el amamantamiento, sus abluciones, sus sueños condicionados a sus alimentos, sabores e identificaciones de la doble luz. Después sin que él pudiera expresarlo sobrevino una presencia y una ausencia; fue simultaneo y fue creciendo de su brevedad y configurado a su realidad por esa simultaneidad y no pudo llorar o alegrarse en momentos distintos porque todos los momentos giraron y empezaron a ser distintos; cuando lloraba se alegraba y cuando se alegraba lloraba. Crece entre cuidados desplazados que cubren sus ausencias. Su vida sin saberlo en un homenaje; un calor de todos que lo alimentan y que nos alimenta.

Camila, Edgar y mi padre: aunque había una tormenta, una hoja en su cabeza; como Marechal pasaba por batallas celestes, pero en ese muro, en esa calle desierta que mostraba una luz amarilla de dos ventanas que por la mañana pasaba desapercibida, no había ningún cristo con un muñón de piedra ni las fuerzas de su naturaleza lo paralizaban. Convengamos que sí, era una batalla con los que nos habían signado su ausencia; en realidad en medio de la tormenta de una hoja, él era la hoja que se debatía en la pregunta del saber que existía la palabra y el significado o la necesidad de nombrar un hecho imaginario lo llevaba a pensar en las presencias de la ausencia; Camila sobre todo, después mi padre y una ligazón que los acontecimientos de los otros había derivado en conformar la ausencia de Edgar.

No podía dejar de imaginarlos juntos a partir de que en sus presencias ausencias los concebía juntos. Si en la nada ausente había solidaridad y movimiento y camino o música o palabra; por ej. La palabra había nacido de una ausencia o de una manera de trazar un puente entre lo imaginario y la realidad ausente me llevaban a entender el lenguaje no solo como un hecho materno sino como una necesidad de nombrar lo que no existe como objeto y también como obsesión o ausencia o la lucidez de entender que la ausencia también sucede en las márgenes de la necesidad y de la imaginación. Estaba mi viejo tocando el acordeón mientras Camilla pintaba o se esculpía a sí mismo en las palabras del poema de Bayley que lo mantiene vivo. Que los mantiene vivos en la imaginación, para los que nunca terminará es infinita esta riqueza abandonada y Gianni sigue y seguirá su pensamiento en medio de su travesía; esa región abandonada por los otros donde parece no haber nada sino habladurías y perfumes.

Las consultas: los gatos que encontramos muertos en la mañana seguro se descontrolaron no percibieron la llegada de la madrugada, el movimiento de los hombres; ellos seguirán soñando según De la Serna en la luna dentro la nevera.

El chabón religioso vio el gato muerto y opinó que dios observa todo el tiempo de su eternidad como los hombres sacrifican en su nombre los seres vivos. También en su nombre los hombres se aniquilan o explotan a los más inexpertos. Y el chabón le dijo al verdulero: un día la mirada de dios será insoslayable y no podremos sostenerala.

Consultado Piazzolla sobre su gusto por la escritura dijo que había optado por los valores de Ferrer, pero el puente que él entreveía entre la música y la palabra, tiempo y cosmovisión era la yamo silvando de Salgán.

Consultado Salgán sobre una novela musical dijo que ya estaba escrita y que no había más que escuchar la interpretación de tango berretín por el quinteto de Piazzolla.

El escritor medíatico dijo que la falta que sucede a la lectura del texto es la falta del escritor sus silencios y sus proyectos y la falta es lo que escritor subraya y como futuro o sentencia de la muerte es decir lo que no se puede eludir. Él, puesto después de su sueño en medio de la mañana es el ser de otros seres que lleva impuesto el suceder y el movimiento astral; su suceder es el reloj de su inconsciente que debería salvar. El lector es el continuador de la falta, sucede como participe de su cosmogonía y su presencia también se da como un aliento ante la ausencia de los dos que comunican un accidente es el distinto valor con que se encara la lectura y también él retome y la interrupción que es un todo del momento.

Lo conjetural: lo que pasó por la mente de Funes es que todo círculo o ficción de un círculo configuran un todo definitivo. El comienzo de un día que se supone más es una suposición del círculo; pero todo contingente es estrecho y tiende a un final: el círculo se repite hasta el final hasta que se cierra para dar lugar a los movimientos que existen como infrahumanos. La lanza en la garganta propone un silencio Borgeano, un silencio interrogante, porque el texto sigue existiendo más allá de la aseveración que la vida humana no tiene fin. O si podemos concebir un fin a los que muchas ficciones ya no acceden a cumplimentarlo como una terminación o como un suspenso (en los años anteriores al sesenta las novelas y las películas terminaban con un fin) después entreviendo lo precautorio, el cuidado de no magnificar lo fantástico para que este no invada la privacidad múltiple de lo real dejó de hacerce. Ahora concebimos el fin como un suspenso donde la vida termina con interrogantes. El suspenso del incompleto fin que da lugar que frente a una terminación lo asimilado sigue funcionando en la psiquis de todo ser, como el círculo que se le cierra a Laprida se sigue cerrando a los hombres que incorporan y van aprendiendo a vivir con todo lo que se formula como una fatalidad en la que la cotideanidad tiene su archivo y su forma de cambiar el texto, es decir asimilarlo y despertar en otro texto familiar.

Consultado Jorge Luís Borges sobre su éxito, contesto que su triunfo estaba ligado a algunas frases y que él no había tenido nunca lugar a dar testimonio, dado que siempre estaba tratando de cubrir la ansiedad de sus interlocutores; había logrado en silencio y en culminación de cualquier tarde en que buenos aires se asemeja a cualquier capital de los mundos conocidos. El no podía dar testimonio de una sintaxis verbal e imaginaria que iba dirigida a los demás, pero que necesariamente y por omisión se le iba generando otro estilo de lenguaje que era la explicación de lo que los demás omitían de su escritura y que él se sentía en la obligación que le deparaba placer de los desencuentros que un placer original no entendido debía ser explicado ante la presencia del otro que lo perdía y lo obligaba: cuando introdujo a la realidad el goce de encontrar una frase, la frase (vaya como ejemplo) se volvió en contra del; he cometido el peor de los pecados, el de no ser feliz. Que contradicción; aparte la apropiación no textual del verso de Borges, él haber encontrado un símil en la literatura que lo hacía feliz por el hallazgo de su vulnerabilidad él debió después y de muy mala gana explicar lo que no se puede explicar; la felicidad de que en una frase todo su yo se manifestaba presente y que sin embargo esa felicidad a su vez lo dejaba vulnerable y que nunca iría a explicar la contradicción de ser feliz en el hallazgo y de dejar en ese logro parte de la concordancia o pacto amable con los otros: o con su otro que le pertenecía a los demás; él yo que se afeitaba por amabilidad a su persona y confianza en el otro de sí que pertenecía a los otros y que en su valentía más profunda que él manifestaba era dar confianza, credibilidad al interlocutor, la entrega inocente e inteligente de quien se siente dependiente de quien atiende a su otro por delicadeza y porque en un momento en que la gentileza se desplaza da lugar a una mayor proyección; la de improvisar a través de su vulnerabilidad un mayor espacio para sí y para los otros. La marginalidad de vivir en un lugar que es todos los lugares y en compañía de todas las lenguas que corresponden a todos los hombres. El lugar de la falta.

Consultado sí esa falta transcurría en todo lenguaje dijo que el lenguaje es una cadencia que va encontrando su significancia en la medida que la melodía se profundice y multiplique como los vientos que mueven un bosque de pinos que también saben guardar silencio; El viento sería entonces el que mueve las palabras. Las palabras no son viento son espejos de los distintos seres, cada cual habla en su lugar, según la luz, según el movimiento. Entonces el movimiento de la luz en los espejos sería la novela. Dijo que no es él el interlocutor de la novela sino de la brevedad de la imagen que da resultado de un relámpago que se fija en la memoria. Esa memoria no podría también existir en los tiempos discontinuos de la novela. Dijo; no joda.

Consultada Silvana Mangano, en el tiempo que el neorrealismo empezaba a articular imágenes reflexivas; mina terrible y que daba a su vez una aproximación nueva de la sensualidad (la torpeza atrayente), la polenta de una mujer obligada a laburar en las tareas de campo recogiendo la cosecha. Un minón con que los tanos llamaban la atención que se iba desarrollando y que requería otras respuestas que no eran las de Ladrones de bicicletas que se sostenía en el movimiento continuo; el suceder sin pausas de una búsqueda por todas las calles de la ciudad, tensionados entonces por la búsqueda de comida y trabajo y los movimientos de los sin trabajo que se iban desarrollando entre sí, un juicio a la realidad, un proyecto civil y solidario de las necesidades por las calles pobres de la posguerra. Lo que primaba entonces era la necesidad, no se trataba de otra cosa que persistir en la falta de trabajo que condicionaba una sobrevivencia despiadada. Entonces después de las imágenes de la tierra arrasada aparece, producto de la industria cinematográfica la imagen y las palabras de los campesinos que en Arroz Amargo cantaban para comunicar sus pasiones porque la falta y el impedimento de hablar mientras se trabajaba transformaban el canto en el lugar de la lucha. Silvana dijo: cantaba porque mientras se trabaja no se permite hablar; cantabamos y al cantar vivíamos con todo el cuerpo, el impedimento no podía exterminarnos o transformarnos en máquinas de trabajo, porque no podían impedir que cantásemos no podían impedir que viviésemos; el canto nos creaba otras condiciones que no podían ser manipuladas y además nos desarrollábamos, el canto en esas condiciones es intencional irónico y afectivo también agresivo, toda la gama de la literatura que con otra imposibilidad había nacido también con otros ritmos en el trabajo de las galeras que recorrían los mares, puestas en marcha por los esclavos encargados de los remos; presidiarios que no podían dejar para sostenerse de alentarse con sonidos que tenían el ritmo de los remos, el ritmo del trabajo de la necesidad, esos ritmos, su persistencia, tenía una métrica que debía ser mantenida en medio del asedio de los guardias que cuidaban que el ritmo no se interrumpa; de ese ritmo de impedimentos nació el sonido intencionado, y del sonido se fueron colando entre interjecciones la intensión de un sonido que fue palabra, la defensa de la vida en las palabras esgrimida por esclavos, confinados y presos también disminuidos en la ley por sus razas segregadas que se sostenían en el ritmo que le imponían para poder sobrevivir; de esos ritmos y de esos crímenes se fue desarrollando la palabra rítmica que hoy llamamos poesía y que lleva en sí, el estigma de la sobrevivencia que nos propone un trabajo de ficciones que cantan donde no es posible la palabra hablada. La palabra cantada esgrime el sufrimiento de la especie que trabaja y canta mientras los guardias cuidan que no hablemos.

La vida como inmortalidad: consultado el artista medíatico, supuso que la pregunta a responder sobre la inmediatez de los valores en los que él se mueve ya que todo principio genera un desarrollo y tambien una culminación, respondió que no iba a figurar su discurso en los placeres anteriores al orgasmo. Que este en sí configura un parto, una muerte, un comienzo, un final; que quizás la cultura del final configura al hombre y a la mujer como una falta, como la aseveración que el conocimiento en algún momento se detiene. El se identificó como un mediático, un hombre que elige el placer que no tiene fin; un continuo intermedio de las falacias de los extremos que se tocan y contituyen un control sobre el control, una puerta para guardar una puerta, que a su vez guarda una llave de otra puerta que guarda la llave de otra puerta que da al desierto. Los puntos mediáticos llamémosle intermedios, la extención del preorgasmo; la sensuelidad del lenguaje que genera un nuevo lenguaje hablan de que la conversación puede no terminar; que los finales o las repeticiones pueden ser suspensos para que el interlocutor se incorpore y a su vez vaya generando una conversación que a su vez y con el patrimonio de las palabras significadas pueda él comenzar otra conversación que generará nuevos interlocutores y que todos los lugares atestados de gente que no representan sino que se presenta sean la distinción de los que se asimilan a sucederce en contiguidad y en continuidad. Lo mediático entonces es una continuídad sin narcicismo y sin temores, en suma la muerte en su inmediatez sería un fin que no existe sino en lo moral, en la religión que no puede dejar de presuponer en terminos ideales una extención después de la vida, nosotros pensamos que lo que perdemos es la identidad de nuestra vida, para entrar en una vida infrahumana pero que ese viso de inmortalidad lo podemos reconocer sin la perdida de entender que no hemos encontrados las virtudes de la infrahumanidad, hablo por supuesto de la descomposición de los cuerpos inmediatos y con perdida de la conciencia, pero la vida continúa y seguro que él testigo que es el observador y el perseguidor configurarán en otros nuestra lengua interrumpida y se llevaran nuestros defectos y nuestras virtudes que trasladarán a otros que sin reconocerce en los momentos que los muertos hablan en el suceder. Somos por lo tanto inmortales que no han hallado todavía la explicación de la infrahumanidad proyectada; parecería que el enemigo de la inmortalidad es el narcisismo que no tiene mediatez.

Brillos de luna: consultado el asiduo lector de textos en el que la luna como protagonista ofrece menguantes y crecientes y es a su vez parte de la generación de mareas y modificaciones vegetales, por consumo, por tradiciones que a la misma se le otorga valores y retaceos donde la costumbre dice que es mejor transplantar o tomar ciertas medicinas en circunstancias en que se avizora la luna de una manera y lo que es en verdad una mutación constante de su presencia; observada en todo su recorrido en la noche la luna es una mutación un pariente del sol que se entreveran a cierta hora del día crepuscular y mañanero en que se enfrentan o se juntan en alguna desventaja de sus particulares formas (el ajo de plata de Lorca) o (el sol rojo de las catástrofes) que a veces se encuentran y configuran un lugar en la poesía del soliloquio, sin dejar de pensar que en estos tiempos literarios que cambiaron muy rápidamente cuando Borges que pudo permitirse crepúsculos en los barrios de floresta que de por sí en esa magnitud configuraban en el poema el porque de la retractación. Dice el lector: los tiempos han cambiado de soliloquio a conversación, cuando el hombre pisó lo que era magia de la escritura y hoy sabemos que es un interrogante que nos deja la conversación cuando uno de los dos se va para que el otro se quede y que se distancian para pertenecerse y mutándose ante la observación del conjunto del clima donde el hombre y la mujer que entran y salen de su laburo configuran el cambio con su observación. Es la luna quien nos mira.

El interlocutor de la novela: el corredor de fondo de las ciudades que es el paseante, el riguroso habitante de toda ciudad, es un preguntón y un respondedor avaro. Él responde pero por el hábito de la caridad, es en consecuencia, más difícil responder que preguntar; el preguntón de la calle es en su mayoría lector de la novela. El hombre de los suburbios es el gestor de la novela, el guardador del misterio que no tiene misterio es el personaje que no necesita de la novela; el artífice de la novela es el observador, el que puede atar los hilos inexistentes que comunica al corredor de fondo con los otros corredores de fondo; él percibe cuando un roce se produce, cuando el trato desmentido del lenguaje cobra otro lenguaje en manos del respondedor. La altura de la imaginación, la cotideanidad se extiende y va cobrando lugares por desprestigio, un desprestigio perverso. No posee la cotideanidad un lugar en la novela. El lugar emblemático donde suceden los crímenes, las místicas, los manejos del poder, los sometimientos, los manejos en que el sometido a la espera de ser retribuido recoge las migajas de lo que produce. El personaje de la novela es el ser culposo que se ve impelido a ganar su sustento o adquirirlo como sea porque su vida necesita de la sobrevivencia y una mejor vida que no encuentra sino en la muerte; Un descanso de tanta fechoría a la que le es administrado; lo otro que le queda es ser dueño de sí en un mundo que no le corresponde. El padre de la novela lo hace participe, él como observador sabe lo que está ocurriendo y lo incluye, pero no en sus necesidades de héroe, sino en las necesidades del observador de la avaricia. La gana su subsistencia y se disculpa a sí mismo a la vez que delinque, de mostración de los manejos que produce, el encarcelamiento de la vida por manos aceitadas que tienen un prestigio o una comodidad en la que se apoltronan sobre la cabeza de los que no tienen cabeza, porque el precio es perder la inocencia o dejar de ser manejados y expoliados. La lucha parece que se ha polarizado entre inocencia y el manejo, a cuenta de una vida mejor la inocencia elige en la novela el lugar de la maldad que es lugar del observador; en realidad, la inocencia ya no tiene precio ni lugar en la novela.

Si el sol entra: deslizándose por flexibles árboles, campitos de pequeños propietarios, lechugas agradecidas de fervorosos verdes y limones del impresionismo, no es para perpetuarse, para dejar la foto de la claridad; el sol entra para dar una imagen exigua, moderna, del pensamiento que piensa que dos veces no entra el mismo sol. La misma ventana que por su falta de repetición transforma esa ventana en otra ventana, en otro resguardo, en otra pared que necesita ser graficada y encontrada en una imagen que no se volverá a repetir sino en una memoria que resguarda y da testimonio en la persistencia de la especie, (perdigones de sal contra la muerte) que se llevará corazones inertes, dibujos y fotografías tiradas al espacio de la sorpresa del olvido; esos tiros, esos perdigones, dispuestos a que no olvidemos todo giro y mutación de un momento en que la ilusión transformó la soledad en familia, día de fiesta que por su presencia será otra fiesta en la memoria futura. Y esa memoria no será repetición sino reencuentro de un giro astral que en medio de la borrachera de la imagen, trata de guardar un lugar inanimado de los zapatos que se gastan que se modifican. El hombre que visto desde la playa del alto del médano mira el mar, continuamente corregido por la marea, que es la marea hombre parado cerca de la playa, que dio pasos distintos para llegar al lugar similar de una playa que observa otras playas y otros hombres que observan la figura que se empecina en ser la misma: la fotografía del mar la necesidad de entender que la inmortalidad es una quietud, un estado de ser sin movimiento. De perpetuar el goce del nadador que no necesita llegar a la superficie, porque la respiración el mínimo gesto de la vida no sería necesaria. Toda quietud es una fotografía de la vida que de la sepia se ha ido transformando en marrón. Los cielos celestes en azules, la representación de la quietud que lleva en sí mismo la modificación. Ni siquiera en la foto el hombre de la playa será el mismo sino en la ilusión de la perpetuación. Al hombre de la playa lo modificará el poder de la imaginación que verá en otra playa una mujer tratando de perpetuar la vaguedad de otra imagen gozada por la ilusión que al dejar de ser testimonio y memoria es suceder del futuro que tiene un ancla puesta en el presente, que la arrastra a otra respiración, a otro mar, a otra playa en que el recuerdo no tiene signo sino trampas inmutables que la mente cobarde se queda en la minucia de la arena o da el salto del acontecer; como el pato que siszaguea cuando abrimos la puerta y un sapo corre a un mosquito que había zafado de una araña que alguien deja vivir en medio de una ventana que buchonea en la luz del sol la telaraña que no existía en la mente de la que observa hasta que el nuevo sol entró y escuchamos el alboroto del pato al abrir la puerta.

La celebración de Bayley: el poeta recordaba un viejo amor al terminar el año. Uno ante la cercanía del fin del milenio no sólo debe recordar a los viejos amores sino a todos los amores que han sobrevivido a los avatares traidores que hemos debido superar para levantar una copa que más que celebración, si me toca hacerlo, será un homenaje a todos los que apuntamos a celebrar la vida. La mano que toca otra mano, el aliento que se siente del otro, que alienta una voz que percibida es todo un mensaje que tiene el significado de trascender el habla de una mujer querida, que anunciando el milenio pensaba en los festejos que los hombres conjugarían; pioneros que han superado las desdichas, las persecuciones la muerte de sus cercanos, familiares y amigos, esta hora es la de todos por un momento; esta hora no se repetirá mientras los hombres seamos mortales de sufrimiento, de explotación y no se trata de los que pudieron zafar, que recurren a la astucia para ganar posiciones en la lucha de clases a través del triunfo que se asienta en la producción de los menos propensos a zafar de su trabajo que ellos asumen como un compromiso con el trabajo mismo, un compromiso con la patria; la que se lee en el mantel y el almanaque de la cocina, más que en altisonante señuelo de las figuras que configuran el discurso del poder. Ahora es el momento de hacer balance y pensar en el viaje y sus avatares. Si decimos que el viaje ha sido contradictorio, el lenguaje no alcanza a decir que el bien y el mal se presentan accidentales y sorpresivos. El bien y el mal no pueden conceptualizarce sino en casos extremos, la muerte de los seres queridos. A todos nos falta el que estaba dentro del costado; a todos nos falta el costado, es muy doloroso como se entra en el milenio, llanto, pesares y sufrimiento a cuenta del otro milenio. El observador de este milenio nos verá tratando de modificar al que se avecina, un traje nuevo hecho de rezagos, nuevitos y desgarrados con las voces de los muertos que nos alientan, nos ayudan a acercarnos. Un palo plantado en medio de todas las extensiones sin un significado que pensar que ese palo plantado en medio de la llanura que somos se ira configurando como tótems de la desesperación que desea que ese gesto impreciso se transforme en hermandad de un gesto que demanda otro gesto y que ocurra ahí donde vos plantaste un palo, y que sin conciencia a ese palo le vayan creciendo brotes verdes vegetales, que con el sol por venir, puede transformarse en un bosque de frescura y descanso, para una noche nomás, una noche de descanso certero para emprender el acto de trabajo que deja de ser obligación para ser un gusto; El gusto de vivir activo para que los muertos que llevamos encima no se cansen de vivir en nosotros y nos dejen por inercia, sino que nos ocupen a pesar de su falta; nos conduzcan a la venganza que florece como los palos del bosque anónimo, que no deja de tener nuestros nombres y de los que viven sin identidad.

Saer: el escritor Saer, según mi criterio, alguien que narra desde afuera, que no se encarna en sus personajes sino que ellos lo van justificando. Es decir, su saber en la literatura es un saber de observación y astucia y los que narramos sabemos que desde afuera es fácil crear mundos que no nos incluyen, sino que los otros se incluyen en las historias, y las historias se van generando a través de la vida observada y aunque no es fácil, tampoco es difícil hacer un juicio de los valores ya que la mirada desde afuera puede abarcar más del espectro de lo que inevitablemente se transforma en un juicio o en un consejo; quizá el juicio sobre la novela en Borges es un juicio de su saber; alguien que ha navegado los paradigmas de las historias y esto es algo que puede doler a un novelista como Saer, que cree, que es eficiente y prolífico en aquello de inventar historias, a diferencia de Borges a quien las historias lo ganaban, el narrar en él era inevitable, una resonancia donde los otros le dictaban sus historias y por eso en él no hay muchos juicios o consejos, sino historias encarnadas a su saber que nunca es banal, sino que es un saber en el que el narrador va enriqueciéndose siendo los otros; siendo multitudes de los lugares en que él hizo su patria, el mundo a través de su pensar, el pensar de un porteño. Pienso que si existiera un encuentro entre Borges y Saer, Borges le daría la razón a Saer y seguramente terminaría llorando y explicando que su paso por la literatura es un accidente inevitable en su vida a la que no pudo dejar ni siendo ciego y seguramente ante los juicios de Saer, hubiese comprendido y justificado ya que Borges también es Saer. Cosa que no pasa a la inversa, Saer es un justiciero que apunta al corazón de los que pensamos que es una gentileza de Borges que no piense en nosotros, sino que ayude a pensarnos y a su vez pensarlo y también incluirlo a Saer. Los juicios de Borges que sí recuerdo, fueron contra el fascismo que no incluía a nadie sino que trataba de exterminarnos.

La piedra giraba: Entendió que siempre se encontraría con la misma piedra. De chico se fue acostumbrando a patear las piedras que encontraba en su camino; chicas redondas cuadradas triangulares, él al encontrarlas suponía un arco en que debía meterlas de chanfle. Prefería las de canto rodado porque recibían mejor el impulso. Les dio a tantas y tantas veces que ese impulso se transformó al pisar con el medio del pie el comienzo de las veredas. Un día la reflexión y el acto de chanflear fueron lo mismos. Ahí estaba delante de un canto rodado, que intuyó era todos los cantos rodados. Ahí estaba la primigenia piedra de todos sus recorridos; la diferencia era que él ahora tenía sesenta y siete años y esta junto a esa piedra por entrar en el nuevo milenio. La piedra aunque era la misma no se iba a repetir, lo pensó y también pensó que podía ser un presagio; no le importó y la chanfleó sin importarle el destino. Confió que todos esos años de impulso, eran un reflejo adquirido, solo que ahora se transformaba en una reflexión que le haría olvidar todas las piedras y las veredas de su pasado.

Sobre los sombreros que no extralimitarán sustentando la gracia y el festejo de las centurias que conforman este milenio; como presunción esta hoja va a los aires de los acontecimientos que nos han visto vivir hondamente nuestros goces y nuestros sufrimientos y virarlos en el viento, nuestras ropas, nuestros libros que ya no tendrán medida en nuestros lugares sino en la memoria. Nuestra memoria como nuestra vida se ensancha no tiene lugar en los estantes que después de todo son los archivos de nuestro inconsciente; para celebrar, (si algo es necesario celebrar) nombraremos el martillo y la pala, el lápiz y el papel, la fotografía memorable, el piso a medio terminar y las paredes que se seguirán alzando, los grafitti, los sueños bellos, la empanada que no pudo terminarse de comer a media noticia. La argamasa con que los chicos conjugan su vivir, el tiempo que les lleva el miedo y el sentimiento de que nunca crecerán. El trabajo a destajo que no figura en ningún balance de cómo en la infancia se van formando los deseos y las hambres; avaros del dinero, avaros de la comida en una cárcel amable de los barrios protegidos; esta hoja que vuela tendrá en el momento de celebrar la conjura y la palabra que se violenta, porqué masticar el vidrio molido de la muerte esgrimida, los espadachines del equilibrio que nos venden a retazos, la palabra justa en el mundo de las palabras mal aprendidas, mal pronunciadas, la vida de las palabras entre cascotes, vidas breves, y luchadores que no alcanzarán a conjugar un sueño, una ilusión: un par de zapatos para barrer las tachuelas donde van a parar los pies descalzos, comidas de pan con pan y oxido con oxido.

No terminaba de entender porque no podía entender que había otras luchas, su lucha primera era pensar: como voy a subsistir hoy, como voy a tener mi alimento. El lugar del trabajo y del descanso era el mismo, las palabras que lo acompañaban eran escuetas y se diversificaban a tono con la necesidad. Todo lo que tocaba se hacía fértil, hasta la atadura del cáñamo en el trasplante de un brote, era una virtud estética. No entendía el porqué de sus penurias, suponiendo que el sufrimiento era un bien debido y ese bien habido y llevado encima como el ropaje que lo acompañaba. Se desnudaba de su ropa y se vestía con vino o aguardiente para celebrar y celebrarse en brazos de otra mujer o en la conversación con los parientes; se volvía malo y amenazante y cuando se volteaba para el lado de las respuestas a las injusticias. Su sufrimiento estaba ligado a la lengua que lo había nutrido de fuego y sangre, su comprensión entraba desde el alfabeto que le habían enseñado, pero él vivía en una cueva, luchando con la mansalva, ocupando un lugar; eso era fuera de la lengua un lugar insustituible en la memoria de los otros, la memoria que llena de grasas y tules. Sacrificios de la gordura, que engorda de la falta, la inquietud de la que sabe que le está metiendo la mano en el monedero y en esa memoria que era un cuchillo que revolvía las tripas incandescentes, no le iban a quitar lo único que lo hacia fértil, y que defendía con el aire de sus pulmones, después, aunque se trate del milenio; Trabajar su respiración, su lugar y sus muertos, un festejo que le pertenecía; el lugar donde respiraban sus manos.

Las sonatinas: cansado de ver tantos crepúsculos literarios, adornados de facetas del sol penetrando por surcos las nubes, los crepúsculos de las mujeres quietas; me resuelvo a encontrar los crepúsculos sin preaviso, encontrarlos en medio de la calle al doblar y encontrarme con el resplandor descalzo de una calle que no da al mar y que algunos nadadores se resuelven por delante de los sudorosos que no pueden con ese sol que no se repite sino en los libros y que ellos como un rémora que los espera al final de cada crepúsculo, de cada calle que ha sido observada en la lectura de los poetas y sus epígonos que ven como protagonistas de la belleza que se extingue en medio de una calle que a su vez da al descampado de la plaza a una misma hora que alguien ha olvidado un presente que ya no podía recuperar sino a través de un esfuerzo extra. Allí en el baldío el sol se desplaza hasta donde él quiere sin que nadie lo detenga. Allí los dueños de la tarde la andan por delante y por detrás; pienso que andarse descalzo por ese presente de soles que se anuncian decadentes y esplendorosos que no se anuncian sino que se encuentran en un solo lugar que merece ser visto y gozado. Allí en esos crepúsculos Rosas degolló a los unitarios y también los unitarios decidieron vengarse. La historia de los contrarios que nos va conjugando sin aviso previo; esas tardes que iban tranqueando hacía la noche nos iban llevando; se nace y se muere al amanecer o al atardecer, conjugados en un mundo particular que no descansa sino por los contrarios que se va llevando la vida de cada uno en esas instancias. Las pérdidas se contabilizan a cuenta de pérdidas mayores y esas pérdidas guardan el rescoldo de los fuegos que se prenden después del atardecer. La presencia de la mano encendiendo un fuego por memoria en otras situaciones retornando en las cabezas de los que han visto muchos crepúsculos a la espera de que la vida también pueda ser encontrada a la vuelta de una esquina entrevista ante lo terminal de un día final y cualquiera.

Achupallas: los que viven una muerte anunciada e irreductible son los que como una respuesta entra continuamente a su propia imagen sin rozar todos los seres que los han configurado; todas las fases de la vida con sus transmutaciones que ellos han paralizado y que son los ejes plurales donde la conversación no acerca a los hombres. Ellos los muertos pasan la vida entrando a sus propios lagos, nadan en sus espejos, mueren de ser un proyecto de sí mismo que no contienen los ejes en que el mundo de los hombres gira que es el de la necesidad compartida; mueren en un charco.

Con los fuegos del centauro recorriendo pantanos y pampas del terruño nos desplazamos por el mundo que canta la entrada fraterna a una nueva era que seguramente estará llena de miserias y alegrías las mismas que cantan la falta de Marechal, Edgar Bayley y las calles pobres de Gonzales Tuñón, con ellos me sumerjo en el porvenir que no es tan bueno para seguir viviendo pero no es tan malo para desecharlo, porque en él están lo mejor de todos los esfuerzos míos y de los que me acompañan sabiendo que esta es una pequeña imagen, detenida en el hecho de ser un hombre limitado en el lugar que ama, sólo una célula de todo el universo que se desplaza a través de sus etnias y costumbres. De mi parte y como copa adelantada de los que no celebran me llamo a decir que este año es una ironía de un personaje de Borges que vuelve de la inmortalidad para tomar un vino con un compadre, que ya no espera en los barrios cambiados y aburguesados sino en cualquier esquina insolente, de un Buenos Aires que Vanasco hubiese encontrado ficcional hermanado a cualquier pariente que viven en villa crespo, palermo viejo y ciudadela tirando al sur y al oeste.

Las puertas: según la puerta que uno no elige pero que indefectiblemente deberá abrir, a su pasillo estrecho por el que uno se desliza y que no da a otro lugar que lo que la puerta propone; se abrirán otras puertas que dan a otras puertas sucesivas que retoman el orden de volver a la primera puerta. Esa primera puerta guarda el secreto que puede abrirse hacia delante o hacia atrás, es decir, hacia dentro o hacia fuera; La diferencia aparentemente gruesa es sutil, la diferencia estribará en montar esa puerta que deberá uno llevar encima y se cargará de puertas según la cantidad que uno elija que abran hacia fuera.

La puerta de Kafka, estaba signada a un único ser viviente, y que incluía al guardián, ya está signada en cualquier puerta que abrimos. La introducción a ese saber es una mochila invisible que llevamos en las fibras de nuestro cuerpo memorioso. Las puertas del verdor incluyen las plantas, los arbustos, los árboles que tienen una talla inconmensurable comparada con la altura de los hombres. Su diversidad tiene un lenguaje y un actuar donde es posible discernir sus bondades o el daño que se origina entre verdor y verdor.

Una mujer sin corpiño, una bragueta abierta, son puertas epidérmicas explícitas, fácil de leer, pero cuando después de una puerta se sigue penetrando, cuando el juego del amor deja de ser un juego para ser necesidad, crece una tensión y esa tensión va generando una lucha que tiene explicación en cada una de las partes, de dos puertas cada uno sabe del otro cual es la falla, el elemento que no lo contenta que lo deja exhausto de propuestas; Pero eso es la epidermis de la lucha, lo que sé explícita vehementemente es la historia de todos los hombres y sus hijos. La lucha es el continuo desencuentro que genera la memoria; lo que somos cada hombre y cada mujer que hace conciencia del tiempo de su vivir; la puerta de la exigencia conciente cuando es penetrada da lugar a todos los discursos de todos los hombres y todos los tiempos y empezamos a ser individuos de la clase animal y vegetal y nuestras iniquidades son las puertas por donde aparecen penetradas todas las luchas y todas las felicidades. Esa puerta inevitable es la que da lugar a la despersonalización en términos narcisistas y da comienzo el entender por laboriosidad en que lugar de la memoria está el otro, si viene nadando, si está colgado de una viruta vegetal o está detrás de la puerta, que de varias puertas vos has elegido la manija que guarda detrás al otro que llega y que seguramente ha entrado por la ventana inconclusa de su historia que tiene en común todos los hombres y mujeres; la epidermis, el gesto, la sonrisa es el impulso donde ceden las puertas y se abalanza la historia que dice en términos que no son epidérmicos que la penúltima puerta es el hambre y la necesidad de sustentarse anterior al deseo de matar o morir paradójicamente para que la vida continúe; la muerte es en esos casos un sobresalto, una mano extendida sin límite ni lógica; donde es imposible el reencuentro impera la muerte por vida, donde impera ese conjunto de sobrevivencias impera el deseo. La mano que retoma la lucha hermanado y distante con una penúltima puerta por abrir.

Ese tipo: el compinche que sonríe cuando uno no puede retroceder y la vida y sus opiniones se han tornado en opiniones biológicas serias; ese tipo que sonríe ha inventado el grotesco. La puerta del infierno no religioso, la conjetura de lo cómico que nos insuflará y nos hará perder la medida del contorno. Entonces estaremos perdidos de la única manera que no se puede encontrar el rastro del sendero, perdidos de nosotros mismos, endulzados del aplauso que nos devela distintos; cuando alcanzamos ese punto el que ríe de nuestra comicidad es el otro.

El mundo, la tierra es una redondez

La mujer está llena de redondeces es decir esta llena de mundos

El mundo esta lleno de mujeres, está echo a imagen y semejanza de las redondeces de la mujer que deja paulatinamente de ser un misterio

El misterio es la tierra que cambia como cambia la mujer

La redondez el misterio la mujer o lo femenino es el lugar donde abrevan

El hombre femenino y la mujer masculina, el mundo es un sistema doble o plural

Formulado por los hombres guarda la consistencia del día y la noche

La noche y el día son los objetos de los sueños y de la realidad

Lo masculino femenino es la irregularidad donde se junta un hombre una mujer

En la luz o la oscuridad donde circulan en el espacio los ojos del mundo

Que es vacío atracción donde los encuentros suspenden cualquier acción

Cualquier transferencia objetiva para retomar después como una costumbre

El preámbulo y el descanso donde se producirá como el día y la noche

Un nuevo y reluciente encuentro.

Está echo a la medida del granizo, de la lluvia, de la nieve; de los ojos vueltos a la temperatura, está echo a la medida de las cosas, de los fenómenos explicables, lo demás, el misterio lo llevamos en los pies caminando calles inexplicables; lo demás tiene el gusto y el sabor de lo intransferible. Podemos definir una ética, burlarnos de la moral por religiosa, pero nuestro rubor es inexplicable e impensado. Que esto sea una certeza no es una conformidad, hemos acostumbrado a nuestro cuerpo a sobrellevar un alma y lo inextricable de nuestra vida se va comprometiendo y explicando a medida de nuestros desplazamientos. Nuestros ojos ven, nuestras manos y todo el cuerpo, tocan, sienten la tensión de los otros cuerpos, diferentes e iguales, que dan cabida y explicación en el desplazamiento que va conociendo como los pies, el olfato, el tacto y la vista, dan una medida inextinguible a pesar de su sencillez, de su primigenia función de los elementos que configuran la memoria de los afectos. Todos los tactos, todos los olfatos, todas las miradas sobrellevan todos los dolores.

La memoria es el objeto del presente; cuando se dramatiza, el olvido desaparece; todos los tiempos y vez por vez se van dilucidando lo que en un tiempo es perimetral y fatuo, como los fuegos de artificio tan bellos y animosos. Son los fuegos fatuos los que vuelven, los que se dramatizan en pos de dilucidar la individualidad, lo que corresponde a cada uno. El que ha encendido el fuego, el que ha acercado la chispa es el responsable. Los relámpagos se transformarán en discursos. La gran hoguera de los fuegos que nos incendian, las palabras como brazas, la observación que va cayendo justo donde las palabras y el olvido guardan el fuego del aprendizaje: el de la responsabilidad confusa que el elucidador que desentraña y se desentraña como culpable o inocente. Donde poner las culpas entonces, donde el odio y las frustraciones sino en las cercanías, en los postes de la luz que no dejan abrir la puerta, sino en un giro que vaya implicito la fantasía impracticable del incesto y la congoja de la perdida de la inocencia: la familia.

Objetiva es la memoria no el pensamiento que la convoca

Objetivos son los pasos que elucidan no el camino

El trayecto es biológico y condicionan el aprendizaje

Las palabras las certezas el conflicto familiar

Todo cabe en los cuerpos que se abrazan reiterando una inocencia

Que deja de ser primera vez para ser repetición creadora

Muchas veces que serán primera vez

De esas primeras veces está hecho el relámpago de la memoria

De esa memoria el interlocutor que habla de otras cosas se hará presente

Para reclamar su cuota de justicia que le pertenece

De hacer efectivas esas pertenencias se hará cargo una vez

De la pertenencia que hacía falta a la redondez de su propiedad

Su yo.

Cosechar sacrificios o castigos es una herencia piadosa

Esperar de esa siembra constante los frutos que conformen una felicidad

Es estar atado a la historia de los hombres, a la consecuencia de la lucha

Que configura la estadía de un momento; la lucha parcelada insiste

Deviene toda la historia de exterminios y venganzas

Se nace con la palabra y la memoria de la lucha se nace a la memoria

De los exterminios pasados y presentes, se nace al hambre

Y al poder que la produce; el medio de otra vida posible

El configurar otra palabra que nombre el desamparo

La falta de justicia, la pereza de no entender la vida como algo irrecuperable

En el tiempo y los deseos, la palabra como una garrocha

Que propone el salto del pasado al presente como conciencia de repetición

Esa repetición enhiesta lanzada al presente como una metralla

Que no permite al pasado ser sólo una historia sino su compresión

Que habla en términos de presente y que genera los propios caminos

Hechos de tropezar con los rasgos de la malevolencia que se limpia.

Ese tipo que bebe agua turbia es tu semejante tu porvenir

Su cansancio es el porvenir de todos.

Esa mujer bella como el Orinoco en medio de la tarde o en la punta del arcoíris en la selva, las aguas mansas donde los peces desvirgan a las núbiles. Una institución del amor que no sólo se circunscribe a la relación hombre mujer (los relatos de la infancia que hablaban de mujeres, bronca mediante al himen, un palo de escoba que las liberaba), esa mujer bella como el Orinoco, que a lo mejor no ha recorrido mas allá de las costas del Paraná; llegada a los Buenos Aires con las ansias de ser una imagen de la belleza que encarna un figurín llena de todas las necesidades, ha dejado familia, ha dejado las costas, los juegos que por memoria le pertenecían y ha posado para un fotógrafo que midió todas las luces que debían ofrecer todos los huecos de su piel para que la mano que no llega a tocarla toque la imagen. Ella es un figurín, una mujer deseada, y no se sabe detrás del deseo alertado, si ella vive si su existencia es tan fulgurante como la imagen detenida. Esa mujer bella como el Orinoco, que no ha llegado a conocer más allá de las costas de su infancia; buscada por sus tetas naturales y pezones oscuros, nos da una medida mínima y sobretodo imaginativa de las mujeres bellas que produce la idiosincrasia del país invadido, del país tomado a rajatabla por los invasores que se han ido cambiando la camisa, pero que el ritmo del desangre de las orondas casas, orondas cocinas y religiosos livines, que chupan delicadamente toda una cultura que la imagen de la mujer bella como el Orinoco no permite que sea olvidada, no permite que el genocidio, que las necesidades de lujo de las mujeres y hombres orondos dejen de ver la paredes que la contiene, que le da lugar a su inmemoriosa vida de la que reconocemos el nombre de saber que es bella. Es una punta, un filo, un puñal, no puede ser mirada por los prevenidos, el perfil los traiciona y el soslayo del ojo independiente que traiciona al patrón de la mirada que no puede pese a sus prevenciones dejar de mirar a la mujer de pezones oscuros, que aunque no pertenezca a los recorridos del Orinoco, pertenece al río de las pasiones de la gente que por los cauces de las calles la lleva encima.

Las señas persisten: en el acrílico de la mujer desnuda, más precisamente en el pezón derecho, una de mis hijas trató de dibujar con tiza blanca el volumen del pezón (lo repintó) en los años y vivencias de sus edades están guardadas sus verdaderas intenciones. Esa intención que la mujer que fregaba como en la casa del tío Hulot, hacía relucir y esclarecer toda la limpieza de sus actitudes. Un día encontré que había cepillado el cuadro de la mujer desnuda; en la tela mojada lucía impecable sin asomo de palimpsesto, sin resabios de manos que hubiesen marcado sus señales; sin mácula ni agregado a las intenciones del hacedor del cuadro. Cuando se secó, la tiza flameaba intocada en su pezón. Hubo un intermedio de conversaciones en el que no entendimos bien los resultados, palabras sueltas largadas ante lo ineficaz del lavado. La mujer de Hulot, volvió al cepillado, ahora por zonas y el color del pezón se fue debilitando, mientras que la tiza permanecía con los mismos rasgos del color encimado. La experiencia nos dijo que era posible que la tiza se borrara pero también el color. Costó entender que no debíamos insistir más, dejamos que la tiza conviva con el color original del pintor. Hoy en esas marcas que inexplicablemente persisten puedo recrear vivencias independientes a las historias posteriores de mis hijas. El cuadro me acompaña, las marcas también. Esas vivencias me exceden en sus comparaciones, no me basta más que mirar las señas y las intenciones de una edad no borrada; una manera de ir signando la vida, las historias posteriores que yo sé tuvieron finales, pero la memoria sin que ella se lo haya propuesto, sin que haya pensado en un final, persiste como una presencia irreductible.

Indice: Los títulos. No hay un acto de crear que corresponda a un lugar; el acto de crear llena un vacío, una falta, una reverberación, una comunicación que rompe el suspenso; no hay lugar para la creación porque su lugar es el lugar de la falta, el lugar de todos. El lugar de la mala conciencia es también el lugar de la conciencia, es el poder de la falta, la culpa exprimida, es esperanza, el burro sabio termina mula, la culpa es la nada

El naufragio

La madera húmeda

De la catástrofe

La casa que sueña, entre otras tareas alguien seguro observa como voy a morir, la muerte vigilada un contratiempo.

La mano que va delante de mi mano tratando de alcanzar mi mano, se fue acostumbrando a sus imperfecciones, mientras las veía de afuera las acompañaba y estas lo seguían, pero sus imperfecciones eran salvajes y se lo tragaron, ahora lo siguen sus virtudes como una sombra; habilidoso para pasar el tiempo hacía moñitos, pajaritas de papel flores que tiraba en una pieza adyacente y vacía; la pieza se llenó y siguió en la pieza que descansaba llenando de figuras hasta que no hubo más lugar y quedó inmóvil cuidando sus pajaritas que llenaban su entorno menos su cama, entonces empezó a tirar hacia arriba. La ingenuidad del olvido, un hombre mira sentado los movimientos de la puerta; circo con los malestares de todas las edades, circo de burbujas, la renquera se apropió de la pata, él preludió, la fiesta, la fiestita, los pies descalzos, las minas de oro, corré cabra, corré hombre. De costado el ojo humano del perrito, el ojo primitivo, el ojo de la modernidad, ojos bestiales ojos salvajes sin sombra. De un cuarto todos los cuartos, de todas las mujeres, una mujer que es todas las mujeres; la yeta de los flacos que llevan todavía armadura de camiseta y rocinante, las pardas sobradoras, de aquí a San Petesburgo cuanto falta, los lugares del pasado que ya son lugares de otros con otros pasados, pasión y entretiempo, zapatero a los zapatos de los otros. Recuerdos; qué recuerdos si golpean en la puerta, el movimiento sucede en el lugar de la persistencia, otros paisajes, otras persistencias.

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